Colosio: el discurso que incomoda al poder

Luis Donaldo Colosio

La figura de Luis Donaldo Colosio suele ser recordada desde la tragedia. Sin embargo, su vigencia política está en un discurso que cuestionó la concentración del poder, la cerrazón del sistema y la falta de contrapesos.

Luis Donaldo Colosio
Claro y Conciso | Alberto Castelazo Alcalá
Opinión
Política Gurú
@Castelazoa

Cada 23 de marzo, la clase política mexicana vuelve a mirar a Luis Donaldo Colosio. Lo hace con solemnidad, con mensajes en redes sociales y con llamados a preservar su memoria. Sin embargo, en la mayoría de los casos, ese ejercicio se queda en la superficie. Se recuerda al candidato asesinado, pero se evita discutir al político que, en su momento, cuestionó prácticas centrales del sistema.

Ahí está la contradicción. A Colosio se le rinde homenaje como figura moral, pero rara vez se le asume como referente político en sentido estricto. Su imagen funciona mejor como símbolo de unidad que como recordatorio de un discurso incómodo sobre democracia, competencia y límites al poder.

Esa diferencia no es menor. Una cosa es el mártir que todos pueden citar sin costo. Otra, muy distinta, es el político que habló del agotamiento de un régimen, de la distancia entre gobierno y sociedad, y de la necesidad de corregir inercias autoritarias. Ese Colosio no sirve para la ceremonia. Ese Colosio obliga a revisar conductas presentes.

Por eso, cada aniversario también exhibe una vieja costumbre mexicana: convertir a los personajes históricos en figuras intocables para neutralizar la fuerza de sus ideas. El altar sustituye al análisis. La estampa reemplaza al contenido. Y la conmemoración termina siendo una forma de evasión.

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En el caso actual, esa lógica también alcanza a la Cuarta Transformación. El oficialismo suele presentarse como heredero natural de las causas históricas de justicia, democracia y transformación nacional. Bajo esa narrativa, muchas figuras del pasado son incorporadas al discurso gubernamental como piezas de legitimación. Se les invoca para reforzar una continuidad política que no siempre resiste una revisión seria.

Con Colosio ocurre algo parecido. Su figura puede ser útil en el terreno simbólico, porque representa una promesa truncada y una deuda histórica del sistema político mexicano. Pero su discurso del 6 de marzo plantea exigencias que hoy también interpelan al poder. Habla de competencia democrática, de apertura, de pluralidad y de un país que no podía seguir gobernándose desde la autocomplacencia.

Ese punto resulta especialmente relevante en el contexto actual. La 4T llegó al poder con la bandera de la regeneración pública, el combate a los privilegios y la ruptura con el viejo régimen. No obstante, con el paso de los años, también ha mostrado rasgos que recuerdan prácticas que decía combatir: concentración de poder, descalificación sistemática de críticos, debilitamiento de contrapesos y una tendencia a presentar toda discrepancia como acto de deslealtad.

Ahí es donde la figura de Colosio deja de ser cómoda. Porque su mensaje no encaja del todo con un proyecto político que, desde el gobierno, ha insistido en polarizar el debate público entre pueblo y adversarios, entre legitimidad popular y cuestionamiento institucional. En esa lógica, los matices sobran y los contrapesos estorban.

Colosio, en cambio, habló de reconocer el desgaste del sistema y de aceptar que la pluralidad no era una amenaza, sino una condición necesaria para la vida democrática. Su diagnóstico no apuntaba a la unanimidad, sino a la competencia. No defendía la obediencia política, sino la corrección de abusos históricos. Por eso su discurso conserva vigencia. Y por eso también resulta incómodo cuando se le compara con el estilo dominante del oficialismo.

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No se trata de idealizarlo. Tampoco de convertirlo en una respuesta automática frente a todos los problemas del país. Se trata, más bien, de leerlo con seriedad. De entender que su valor político no está en la nostalgia, sino en lo que todavía revela sobre la relación entre poder, legitimidad y reforma institucional.

México ha tenido una larga tendencia a quedarse con las tragedias y olvidar las advertencias. El asesinato de Colosio se volvió un episodio central en la memoria nacional, pero el contenido de su planteamiento político quedó atrapado entre homenajes, simplificaciones y usos partidistas. Esa es, quizá, la forma más eficaz de domesticar una idea: repetir su nombre hasta vaciarlo de sentido.

Por eso, recordarlo de verdad exige algo más que una ceremonia o una publicación conmemorativa. Exige contrastar su llamado a la apertura con la realidad del poder actual. Exige preguntarse si el país avanzó hacia una democracia más sólida o si simplemente cambió de élite, de lenguaje y de relato, sin corregir del todo la pulsión hegemónica.

La 4T ha construido buena parte de su legitimidad sobre la promesa de representar una ruptura histórica. Pero cuando se observa su relación con la crítica, con los órganos autónomos, con la oposición y con la deliberación pública, aparecen señales preocupantes. No basta con invocar al pueblo para justificar la concentración. No basta con ganar elecciones para cancelar el debate. Y no basta con citar a los muertos para asumir que respaldarían al gobierno en turno.

En ese sentido, Colosio sigue siendo una referencia incómoda. No por lo que simboliza, sino por lo que dijo. Su vigencia no está en el bronce, sino en el desafío que plantea a cualquier administración que se considere democrática. También a esta.

La pregunta, entonces, no es si la clase política está dispuesta a homenajearlo un año más. La pregunta es si alguien está dispuesto a tomar en serio las exigencias de fondo que dejó planteadas. Porque mientras Colosio siga siendo más útil como retrato que como argumento, su memoria seguirá administrada por la conveniencia del poder.

Y eso, en el México de hoy, también dice mucho de la 4T.

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