8M: El laberinto de la impunidad y la deuda con las mujeres

Impunidad violencia contra las mujeres en México

A días del 8M, México no necesita conmemoraciones vacías: necesita romper el laberinto de la impunidad que normaliza la violencia contra las mujeres y castiga a las víctimas con burocracia.

A unos días del 8M, México se llena de moños morados y frases solemnes. Sin embargo, lo urgente no está en el acto protocolario. Está en la calle. Para millones de mujeres, vivir “normal” todavía implica cuidarse, calcular rutas y avisar “ya llegué” como si fuera un salvoconducto.

El problema no es únicamente la violencia. Es la impunidad que la alimenta y la vuelve costumbre. Porque cuando denunciar se transforma en un peregrinaje de ventanillas, “vuelva mañana” y trámites interminables, el sistema manda un mensaje que nadie escribe, pero todos entienden: agredir sale barato.

Además, la burocracia no es neutra. Puede ser castigo. Si la primera respuesta institucional duda, minimiza o revictimiza, la confianza se rompe desde el inicio. Y sin confianza, el silencio crece. En consecuencia, muchas agresiones ni siquiera llegan a convertirse en carpeta.

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Mientras tanto, las fiscalías se llenan de expedientes apilados y promesas de seguimiento. Pero el tiempo, que debería ser aliado de la justicia, se vuelve su enemigo. Los días se alargan, las diligencias se enfrían y la evidencia se vuelve polvo. Por eso, la impunidad no siempre se ve como un “no” frontal; a veces se parece más a un “después”.

Y cuando el Estado no llega, las familias cargan el peso completo. No es romanticismo, es sobrevivencia. Madres y hermanas terminan siendo investigadoras, peritas, abogadas improvisadas y, en demasiados casos, buscadoras. Esa escena, repetida en distintos puntos del país, es la fotografía más dura del abandono.

También hay otro punto que incomoda: la justicia sin perspectiva de género se queda en trámite. Investigar “como siempre” significa ignorar contextos, patrones, amenazas previas y señales que estaban ahí. Por lo tanto, el expediente puede estar “en regla”, pero la verdad se queda afuera.

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Aun así, cada año el discurso oficial regresa con la misma coreografía. Se anuncian estrategias, se promete “cero tolerancia” y se presume voluntad. Sin embargo, sin capacitación, presupuesto y coordinación, el discurso es puro decorado. Y cuando la vida está en juego, el decorado estorba.

Este 8 de marzo no se mide por la cantidad de vallas ni por quién se indigna más. Se mide por resultados: investigaciones que avanzan, órdenes de protección que se cumplen y sentencias que llegan. La pregunta, entonces, es incómoda pero inevitable: ¿cuánto vale la vida de una mujer en la agenda real?

Porque sin seguridad y sin justicia, la democracia se queda corta. Y mientras la justicia siga siendo un laberinto, la deuda con las mujeres seguirá creciendo.

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