Gabriel Boric prometió transformar Chile, pero terminó administrando sus crisis. Analizamos cómo el “rockstar” de la izquierda latinoamericana llegó al final de su mandato enfrentando la realidad del poder y un inminente giro conservador.
Editorial | Internacional
Análisis
Política Gurú
Gabriel Boric llegó a La Moneda como el símbolo de una izquierda renovada, tatuada y sin corbata. Sin embargo, a pocos meses de entregar la banda presidencial, la “joven esperanza” de Latinoamérica parece haber sido devorada por la realidad política.
Por el contrario, lo que inició como una revolución terminó en una gestión de «normalización». El ímpetu de las protestas de 2011 se estrelló contra un Congreso fragmentado y una ciudadanía que, además, priorizó la seguridad sobre la utopía constitucional.
En consecuencia, el mandatario que prometió ser la “tumba del neoliberalismo” tuvo que llamar a la vieja guardia socialdemócrata. No obstante, no todo es saldo negativo. Boric logró victorias tangibles: la jornada laboral de 40 horas y el aumento al salario mínimo.

A pesar de ello, su aprobación estancada en el 30 % cuenta otra historia. La crisis de seguridad y el fenómeno migratorio obligaron al Ejecutivo a un giro pragmático. Por lo tanto, el despliegue militar que tanto criticó terminó siendo su propia herramienta de orden.
Efectivamente, Chile enfrenta hoy una encrucijada electoral. El domingo, los chilenos decidirán si regresan a la derecha con José Antonio Kast. Mientras tanto, el legado de Boric queda como una lección de humildad política: gobernar es, ante todo, negociar.
En conclusión, la “nueva cara de la izquierda” se retira con ojeras de pragmatismo. Por consiguiente, el impacto en el ciudadano común es agridulce. Tenemos un Chile con más derechos sociales, pero con un miedo a la delincuencia que la épica no pudo resolver.
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Finalmente, Boric no fue el revolucionario que sus seguidores soñaron, ni el desastre que sus detractores predijeron. Simplemente, fue el presidente que aprendió que entre la poesía y el poder existe un abismo llamado realidad.

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