La 4T quiere repetir la jugada de la revocación de mandato en 2027. Esta vez el blanco sería Claudia Sheinbaum. El expresidente presiona, pero la definición política le corresponde únicamente a ella.
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En Palacio Nacional alguien quiere repetir la jugada. Y no es precisamente la presidenta. La nueva revocación de mandato huele más a nostalgia que a democracia.
El propio Joaquín López-Dóriga lo recuerda: la figura vino del chavismo y luego la abrazó Andrés Manuel López Obrador como bandera de pureza democrática.
Primero se vendió como mecanismo ciudadano. Después se acomodó a los tiempos electorales. Al final terminó convertida en plebiscito hecho a la medida del presidente saliente.
La consulta de revocación de mandato de 2022 fue el mejor ejemplo. Hubo propaganda disfrazada, acarreo y presión, pero votó menos del veinte por ciento del padrón.
Aun así, el lopezobradorismo intentó presumirla como fiesta democrática. Sin embargo, los números fueron claros: la mayoría decidió quedarse en casa y desinfló el show.
Hoy la película regresa, aunque con protagonista distinta. Ahora la propuesta es que Claudia Sheinbaum enfrente una revocación en las elecciones intermedias de 2027.
La iniciativa salió de Morena, pero todos saben quién la inspira. De nuevo se busca tocar la Constitución para acomodar el tablero al estilo de un solo hombre.
En el discurso oficial, la medida “ahorra recursos” y “fortalece la rendición de cuentas”. En la práctica, abre una campaña permanente de presión sobre la Presidenta.

Además, juntar revocación y elección intermedia mete ruido en todo el sistema. Se cruzan gobernadores, Congreso, alcaldías y hasta la mitad del Poder Judicial en la misma batalla.
López-Dóriga lo plantea con precisión: la presión política sobre Sheinbaum se multiplicaría. Y la decisión real ya no pasaría por la ciudadanía, sino por las estructuras de poder.
Porque no nos engañemos. Mientras más cargado esté el ambiente, más fácil será para el aparato oficial manipular narrativas y victimizar al líder que controle la maquinaria.
Aquí el punto central es otro. ¿Quién debe decidir si se abre esa puerta? ¿El expresidente que no se quiere ir o la presidenta en funciones?
Por eso el título de la columna es contundente: es decisión de la Presidenta, no de AMLO. Y ahí se juega la autonomía de Sheinbaum frente a su mentor.
Si acepta sin matices, confirmará la idea de un gobierno con dos jefes. Pero si fija límites claros, mandará la señal de que en Palacio ya hay otra voz.
Mientras tanto, alrededor se mueven otras piezas. El caso de Gabriela Cuevas y la marca Hecho en México rumbo al Mundial 2026 muestra cómo se reparte el botín político.
Además, la presión para colocarla en el gabinete, incluso a costa de la secretaria de Turismo, confirma que los cargos siguen siendo la moneda de cambio favorita.
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Y, por si faltara fuego, la calle también aprieta. Las marchas del 2 de octubre, del 15 de noviembre y este 25N han exhibido la fragilidad del manejo de la protesta.
Entre el Bloque Negro, los destrozos y la respuesta improvisada, la que paga el costo político es la Presidenta, no el gobierno capitalino ni los viejos operadores de la 4T.
Así, mientras López Obrador empuja su nueva revocación de mandato, Sheinbaum enfrenta tres frentes: la economía presionada, la inseguridad creciente y una calle feminista cada vez más impaciente.
Por eso el intento de colocar la consulta en 2027 no es detalle técnico. Es un recordatorio permanente de quién se siente todavía dueño del proyecto.
En una democracia sólida, la rendición de cuentas no depende del carisma del exmandatario. Depende de instituciones claras y reglas que no cambian según el humor del caudillo.
Al final, el dilema es sencillo de explicar y difícil de resolver. O la Presidenta marca distancia ahora, o gobierna seis años bajo supervisión sentimental y política de su antecesor.
Mientras tanto, la ciudadanía espera algo más básico. Quiere que el gobierno deje de jugar con la Constitución como si fuera encuesta interna de partido en turno.
Porque, aunque en Palacio insistan en otra cosa, la democracia no es un juguete del ego presidencial. Es, o debería ser, el freno civilizado a sus excesos.
Este texto retoma y analiza la columna “Es decisión de la Presidenta, no de AMLO”, firmada por Joaquín López-Dóriga, y la coloca en clave crítica frente a la 4T.

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