La encrucijada de Sheinbaum: entre AMLO y Trump

Encrucijada de Sheinbaum

Política Gurú presenta la columna de David Martínez Staines, quien analiza el desafío de Claudia Sheinbaum para construir una presidencia propia, defender la soberanía y colocar la responsabilidad institucional por encima de cualquier lealtad personal.

Encrucijada de Sheinbaum

#AsídeClaro | David Martínez Staines

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Hay momentos en la política en los que gobernar deja de ser escoger entre lo bueno y lo malo, y se convierte en escoger entre dos costos.

Claudia Sheinbaum parece haber llegado a uno de esos momentos.

De un lado está Andrés Manuel López Obrador: el hombre que la llevó al poder, el presidente que construyó Morena, el líder moral de su movimiento y, también, el fantasma político que todavía ocupa buena parte del espacio público. Del otro está Donald Trump, un presidente dispuesto a convertir la relación con México en una negociación permanente, donde la presión económica, migratoria y de seguridad puede utilizarse como instrumento de poder.

Y en medio de ambos está México.

Esa es la verdadera encrucijada de Sheinbaum.

Porque una cosa es defender el legado político de López Obrador y otra, muy distinta, cargar con todo su legado.

La presidenta tiene frente a sí una disyuntiva incómoda: proteger a quien le entregó la banda presidencial o proteger la credibilidad de la institución que ahora encabeza. Defender al movimiento o defender al Estado. Mantener intacta la narrativa de la Cuarta Transformación o reconocer, cuando sea necesario, aquello que debe corregirse.

El problema es que en política las lealtades tienen memoria.

López Obrador no solamente dejó un partido. Dejó una narrativa, una estructura de poder, una manera de entender la política y una red de lealtades personales. Su familia, sus colaboradores más cercanos y los personajes que durante años estuvieron alrededor de Palacio Nacional forman parte de ese universo.

Sheinbaum sabe que romper abruptamente con ese pasado tendría un costo enorme.

Pero también sabe que conservarlo intacto puede terminar teniendo un costo todavía mayor.

Porque gobernar no es administrar recuerdos. Es administrar responsabilidades.

Y aquí aparece Trump.

Donald Trump entiende algo elemental de la política: la presión funciona mejor cuando el adversario tiene algo que perder.

México tiene mucho que perder.

Comercio, inversión, migración, seguridad, cadenas productivas, cooperación bilateral. Y, sobre todo, la estabilidad de una relación con Estados Unidos que ningún gobierno mexicano puede darse el lujo de tratar como una disputa retórica.

Trump no juega a la diplomacia sentimental. Negocia con amenazas, aranceles, presión pública y exhibición de fuerza.

Frente a él, Sheinbaum no puede responder solamente con la retórica del orgullo nacional.

Porque una cosa es decir que México no se arrodilla y otra muy distinta es gobernar un país cuya economía está profundamente vinculada con Estados Unidos.

La soberanía no consiste en gritar más fuerte.

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Consiste en tener capacidad de negociación.

Y ahí aparece la paradoja.

Mientras Trump presiona a México desde afuera, el pasado de López Obrador puede convertirse en una presión desde adentro.

Sheinbaum tiene que defender a México frente a Trump, pero también tiene que decidir hasta dónde defender a López Obrador frente a las consecuencias de su propio gobierno.

Y esas dos obligaciones no siempre coinciden.

Durante años, López Obrador construyó una política basada en una idea sencilla: los adversarios eran los conservadores, los medios críticos, las élites, los gobiernos extranjeros y quienes cuestionaban a la llamada transformación.

Ahora Sheinbaum enfrenta una realidad mucho más compleja.

Ya no puede hablar solamente como heredera de un movimiento.

Tiene que hablar como presidenta de todos los mexicanos.

Esa es la diferencia fundamental.

La candidata puede tener lealtades.

La presidenta tiene responsabilidades.

La candidata puede defender una narrativa.

La presidenta tiene que defender instituciones.

La candidata puede cerrar filas.

La presidenta debe abrir expedientes cuando sea necesario.

Y ese quizá sea el dilema más profundo de Claudia Sheinbaum.

Si protege demasiado a López Obrador, corre el riesgo de que su gobierno termine pareciendo una prolongación del anterior.

Si se distancia demasiado, puede provocar una fractura dentro del movimiento que la llevó al poder.

Si enfrenta a Trump con demasiada dureza, puede poner en riesgo intereses económicos que afectan directamente a millones de mexicanos.

Si cede demasiado ante Washington, puede perder aquello que ningún gobierno mexicano puede regalar: la autoridad moral para hablar de soberanía.

Sheinbaum necesita, por tanto, construir una tercera vía.

Ni subordinación ante Trump.

Ni subordinación ante AMLO.

México no puede ser rehén de ninguno de los dos.

Ese debería ser el principio rector de su gobierno.

Porque quizá el mayor error histórico de la política mexicana ha sido confundir la lealtad personal con la lealtad institucional.

Un presidente no puede deberle lealtad eterna a otro presidente.

Debe deberle lealtad a la República.

Y ahí está el verdadero examen para Sheinbaum.

No se trata de si seguirá siendo leal a López Obrador.

Se trata de si será capaz de demostrar que su lealtad fundamental está con México.

El problema es que para hacerlo tendrá que tomar decisiones incómodas.

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Tendrá que permitir que las instituciones investiguen a quienes deban ser investigados, aunque hayan pertenecido al círculo de poder anterior.

Tendrá que aceptar que algunos de los relatos construidos durante el sexenio pasado no resisten para siempre la prueba de los hechos.

Y tendrá que entender que defender a México frente a Trump no significa necesariamente defender a quienes, desde México, puedan haber contribuido a debilitar sus instituciones.

Porque hay una diferencia enorme entre defender a un gobierno y defender a un país.

Un gobierno pasa.

Un país permanece.

López Obrador pasará.

Trump pasará.

Sheinbaum también pasará.

Pero México seguirá aquí.

Esa es la perspectiva que debería gobernar la decisión de la Presidenta.

La historia suele ser cruel con quienes confunden el poder con la eternidad.

López Obrador creyó —como tantos presidentes antes que él— que su proyecto podía trascenderlo. Sheinbaum tiene ahora la oportunidad de demostrar que la transformación no necesita convertirse en una religión política para sobrevivir.

Puede convertirse en gobierno.

Y gobernar significa algo mucho más difícil que ganar elecciones: significa saber cuándo decirle que sí al amigo, cuándo decirle que no al adversario y, sobre todo, cuándo decirle que no a los propios.

Quizá esa sea la prueba definitiva de Claudia Sheinbaum.

Trump está afuera.

AMLO está atrás.

Pero la decisión está en sus manos.

Y frente a esa decisión ya no puede hablar solamente la heredera de un movimiento.

Tiene que hablar la presidenta de México.

Porque llegado el momento, la pregunta no será a quién defendió Claudia Sheinbaum.

La pregunta será qué defendió cuando tuvo que escoger.

Y la respuesta debería ser una sola: MÉXICO

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David Martínez Staines
Mis hijos, mi mayor acierto. Porque yo lo valgo. Colaborador de @radio_formula y columnista de @politicaguru

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