Soberanía y Bienestar: la cortina guinda que protege a la 4T

Soberanía y Bienestar

La 4T volvió a sacar la palabra mágica: soberanía. La colocó al centro del discurso justo cuando crecen las preguntas sobre Morena, Sinaloa y los expedientes que incomodan al poder.

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Claro y Conciso | Alberto Castelazo Alcalá

Opinión

Política Gurú

@Castelazoa

La 4T volvió a sacar la palabra mágica: soberanía. La colocó al centro del discurso justo cuando crecen las preguntas sobre Morena, Sinaloa, Estados Unidos y los expedientes que incomodan al poder.

Y ahí está el detalle: defender la soberanía nacional no solo es válido, es necesario. México no puede actuar como oficina subordinada de Washington ni aceptar acusaciones sin pruebas públicas. Pero una cosa es exigir respeto jurídico y otra muy distinta usar la bandera como sábana para tapar lo que ocurre en casa.

Si Estados Unidos señala a exfuncionarios mexicanos o menciona redes políticas locales, el gobierno debe pedir pruebas. Correcto. Sin embargo, también debe abrir investigaciones propias. No basta con indignarse en la mañanera. La soberanía no cancela la rendición de cuentas.

El oficialismo conoce bien esa fórmula. Cuando aparece una crisis, mueve el reflector. Primero habla de patria. Luego habla de pueblo. Después presume los Programas para el Bienestar. Así construye una escenografía emocional donde cualquier crítica parece ataque extranjero o desprecio a los pobres.

Esa trampa debe desmontarse con cuidado. Los apoyos sociales sí importan. Millones de familias dependen de ellos y sería absurdo negar su impacto. También hay datos que favorecen al gobierno: la pobreza multidimensional bajó y varios hogares mejoraron su ingreso. Eso pesa.

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Pero el Bienestar no le pertenece a un partido. Pertenece a la gente. Es derecho ciudadano, no blindaje moral para funcionarios, gobernadores o estructuras políticas. Convertir una tarjeta social en escudo electoral degrada la política pública y manosea una necesidad real.

La narrativa se vuelve todavía más cómoda cuando mezcla campo, patria y apoyos. Programas como Cosechando Soberanía suenan bien en el papel: más producción nacional, más respaldo a pequeños productores, más seguridad alimentaria. Nadie sensato se opone a eso.

El problema aparece cuando esa agenda termina funcionando como utilería. Mientras el discurso habla de maíz, dignidad y autosuficiencia, las preguntas sobre contratos, presuntos vínculos criminales o redes de protección quedan arrinconadas. Qué casualidad tan conveniente.

La 4T ha convertido sus avances sociales en una especie de absolución anticipada. El mensaje implícito es simple: si damos apoyos, no podemos ser corruptos; si defendemos la soberanía, nadie puede cuestionarnos; si Estados Unidos presiona, toda crítica interna es traición.

No. Así no funciona una democracia seria.

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México debe defenderse de abusos externos, claro. Pero también debe defenderse de sus propios abusos internos. La lealtad política no equivale a inocencia. Un color partidista no sustituye una investigación. Y ningún aplauso organizado borra un expediente incómodo.

Por eso, la discusión no es soberanía contra justicia. La discusión real es soberanía con justicia o soberanía como propaganda. Son cosas muy distintas.

La patria no necesita acarreados, ni consignas, ni cortinas guindas. Necesita instituciones capaces de investigar aunque el señalado tenga fuero, cargo, partido o cercanía con Palacio.

Claro y conciso: soberanía sí, simulación no. El Bienestar debe proteger a la gente, no al movimiento. Y si el gobierno quiere defender al pueblo, que empiece por dejar de usarlo como coartada.

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