“Morena y el obradorato ligados y vinculados con el crimen organizado”

Morena crimen organizado

Las dudas sobre operadores, campañas y estructuras ligadas al oficialismo vuelven a colocar a Morena en el centro del debate sobre crimen organizado y poder político.

Morena crimen organizado

#AsídeClaro | David Martínez Staines

Opinión

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Política Gurú

La historia política mexicana enseña algo incómodo: el crimen organizado rara vez toca la puerta del poder de frente. No llega con credenciales ni se presenta como socio político. Se infiltra. Compra silencios, construye lealtades territoriales, financia estructuras, protege candidatos, moviliza votos y, cuando encuentra espacio, termina contaminando gobiernos enteros.

La pregunta que hoy persigue a Morena es tan delicada como inevitable: ¿qué tan cerca han estado algunas de sus campañas, operadores y estructuras territoriales de las economías criminales que dominan regiones enteras del país?

El problema para el partido gobernante no comenzó con la oposición ni con los adversarios mediáticos. Comenzó con las contradicciones. Morena nació prometiendo una ruptura ética con el viejo régimen: no más pactos oscuros, no más complicidades, no más narcopolítica. Durante años, el discurso fue claro: el país se había corrompido porque el poder político se mezcló con intereses criminales.

Pero gobernar tiene una manera brutal de desmontar relatos.

En distintos estados, nombres de alcaldes, candidatos, operadores y funcionarios vinculados al oficialismo han aparecido en investigaciones, reportajes, expedientes judiciales o señalamientos relacionados con grupos criminales, control territorial, huachicol y presunto financiamiento ilegal de campañas. No se trata de afirmar una conspiración uniforme ni de sostener que Morena, como partido, opere bajo una lógica criminal. No existe una sentencia judicial que pruebe eso. Pero tampoco puede ignorarse el patrón de preguntas que se acumulan.

Y en el centro de esa discusión aparece inevitablemente el nombre del expresidente Andrés Manuel López Obrador.

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No porque exista una acusación penal acreditada en su contra por vínculos con el narcotráfico, sino porque el tamaño de su liderazgo político convierte cualquier señalamiento alrededor de su entorno en un asunto de interés nacional. Las investigaciones periodísticas, los cuestionamientos sobre operadores cercanos, el debate sobre presuntas redes de influencia y las versiones sobre posibles indagatorias en Estados Unidos han terminado proyectando una sombra política sobre el obradorismo y sobre algunos de sus hijos. Ninguno enfrenta una condena judicial por actividades criminales; sin embargo, la discusión pública dejó de ser marginal.

Y ese es quizá el problema más profundo para Morena: el desgaste no nace de las sentencias, nace de las dudas.

Cuando un movimiento construye su legitimidad sobre la idea de superioridad moral, el margen de tolerancia ciudadana se reduce. Ya no basta con negar. Ya no alcanza con señalar conspiraciones o responsabilizar a la prensa, a la derecha o a intereses extranjeros. La exigencia cambia: explicar, transparentar y permitir investigaciones sin blindajes políticos.

Porque el crimen organizado no necesita ganar elecciones para gobernar; le basta influir en quién gobierna.

La pregunta que Morena enfrenta no es solamente legal. Es histórica. ¿Terminó el movimiento que prometió transformar al país reproduciendo algunas de las mismas zonas grises que durante décadas denunció? ¿O estamos frente a una batalla política donde la sospecha ha sustituido a la prueba?

El tiempo, las investigaciones y la capacidad del Estado para revisar incluso a los suyos terminarán respondiendo. Pero mientras eso ocurre, hay una realidad imposible de ignorar: cuando la sombra del crimen comienza a rozar al poder, la confianza pública siempre empieza a deteriorarse antes que los expedientes judiciales.

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Porque el dinero del crimen no llega a las campañas usando uniforme. Llega disfrazado de operadores, empresarios, contratos, intermediarios, facturas, movilización territorial y estructuras electorales. Así ha operado históricamente el poder criminal en México: no entrando por la puerta principal, sino infiltrándose por las rendijas de la política.

Y aquí aparece el verdadero dilema para Morena: si el movimiento nació prometiendo ser distinto, entonces debería aceptar un escrutinio mucho más duro que el de sus antecesores.

No basta con repetir que no hay pruebas. La exigencia pública también consiste en despejar dudas.

La historia política mexicana enseña algo elemental: cuando el dinero ilegal toca las campañas, tarde o temprano termina tocando al poder. Y cuando el poder decide ignorar las señales, la factura suele llegar demasiado tarde.

Quizá el mayor riesgo para Morena no sea una investigación judicial. Quizá sea algo más devastador: que los ciudadanos empiecen a creer que el movimiento que prometió transformar al país terminó atrapado en las mismas sombras que juró desterrar.

Aquí queda la afirmación: no son iguales, resultaron peores.

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David Martínez Staines
Mis hijos, mi mayor acierto. Porque yo lo valgo. Colaborador de @radio_formula y columnista de @politicaguru

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