Claudia Sheinbaum ya no solo gobierna con la herencia de AMLO: empezó a moverla, acotarla y reemplazarla con cuadros de mayor confianza política.
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Claudia Sheinbaum ya empezó a gobernar con un círculo propio. A casi dos años de su triunfo electoral, la presidenta movió piezas clave en Morena, el gabinete, el Congreso y la Fiscalía. El último golpe fue la salida de Andrés Manuel López Beltrán de la Secretaría de Organización morenista, cargo desde el cual buscaba conservar influencia directa dentro del partido fundado por su padre.
La renuncia de “Andy”, quien ahora buscará una candidatura a diputado federal por Tabasco, no cayó aislada. Forma parte de una reconfiguración más amplia: varios cuadros cercanos a Andrés Manuel López Obrador perdieron margen, fueron desplazados o quedaron bajo presión política.
El mensaje es claro. Sheinbaum no quiere administrar una herencia intacta. Quiere ordenar el poder a su manera.
El ajuste alcanza a nombres de alto peso dentro de la llamada continuidad: Luisa María Alcalde, Adán Augusto López, Ricardo Monreal, Gerardo Fernández Noroña y Manuel Velasco. Todos llegaron al arranque del sexenio con capital político, acceso o expectativa de influencia. Hoy, ninguno conserva el mismo control con el que inició.
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El caso de López Beltrán pesa por su carga simbólica. Su presencia en Morena representaba un puente directo con el núcleo familiar del expresidente. Su salida rompe esa línea de control partidista y llega después de cuestionamientos públicos por viajes, estilo de vida y privilegios dentro de un movimiento que hizo de la austeridad una bandera moral.
Luisa María Alcalde también dejó la dirigencia nacional de Morena. Palacio Nacional marcó la ruta cuando Sheinbaum la perfiló públicamente para la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal. Con ese movimiento, la presidenta tomó una posición estratégica del gobierno y, al mismo tiempo, abrió otro capítulo en la reorganización del partido oficialista.
La sacudida llegó incluso a la Fiscalía General de la República. Alejandro Gertz Manero dejó el cargo en noviembre de 2025, pese a que su periodo concluía hasta 2028. Su lugar lo ocupó Ernestina Godoy, una abogada de plena confianza de Sheinbaum. La lectura política fue inmediata: la presidenta colocó una pieza propia en uno de los espacios más delicados del Estado mexicano.
En el Congreso, Adán Augusto López ya no opera con la fuerza de antes. Su desgaste creció por los señalamientos contra Hernán Bermúdez, su exsecretario de Seguridad en Tabasco, acusado de vínculos criminales. Para un político que llegó como operador central del obradorismo, el repliegue resulta evidente.
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Ricardo Monreal tampoco mantiene la centralidad de los primeros meses. Aunque conserva posiciones legislativas, pagó costos por negociaciones y acuerdos impulsados desde San Lázaro. Su influencia sigue, pero ya no marca solo la ruta parlamentaria.
Manuel Velasco, aliado visible de AMLO y Sheinbaum, también tomó distancia tras las tensiones por la reforma electoral, donde el Partido Verde mostró señales de rebeldía.
El reacomodo importa más allá de los nombres. Define quién decide sobre seguridad, justicia, operación legislativa y control partidista. Sheinbaum está dejando una señal dura dentro de la 4T: continuidad no significa obediencia automática al viejo círculo obradorista.

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