Pemex aceptó finalmente que el derrame en el Golfo de México se originó en uno de sus ductos en Cantarell. La admisión llegó tarde, tras semanas de versiones oficiales erróneas y en medio de otro incidente en Tula
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Pemex admite la fuga tras semanas de versiones falsas
Pemex terminó por aceptar lo que durante semanas negó: el derrame en el Golfo de México se originó en un ducto de su propia red en la zona de Cantarell. La admisión llegó 69 días después del inicio de la contingencia, luego de que el Gobierno sostuviera públicamente otras hipótesis, entre ellas la supuesta descarga ilegal de un buque no identificado y la presencia de chapopoteras naturales.
La rectificación no solo exhibe una falla operativa. También revela un problema más profundo: dentro de la petrolera se conocía desde principios de febrero que había una pérdida de integridad mecánica en un oleoducto marino, pero esa información fue retenida y manejada sin transparencia. De acuerdo con el propio director general, Víctor Rodríguez, funcionarios intentaron reparar el daño sin informar de inmediato a la alta dirección.
Además, el ducto marino Old AK C, que conecta una plataforma de Cantarell con Dos Bocas, permaneció abierto durante varios días después de detectada la fuga. La válvula principal, según el reporte oficial, se cerró hasta el 14 de febrero, ocho días después del hallazgo. Ese retraso permitió que el derrame creciera y que la mancha avanzara hasta las costas del Golfo.
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Como consecuencia, tres altos mandos de Pemex fueron cesados y denunciados penalmente. Se trata del subdirector de Seguridad, Salud en el Trabajo y Protección Ambiental; del coordinador de Control Marino; y del líder de Derrames y Residuos. La investigación interna apunta a una cadena de omisiones: no se reportó oportunamente la avería, se negó la fuga incluso cuando ya había indicios visibles en marzo y se ocultó la recuperación de agua oleosa contenida en barreras.
La versión oficial se derrumbó
El reconocimiento cambia por completo la narrativa sostenida por autoridades federales en semanas anteriores. La primera explicación pública había desviado el origen del derrame hacia factores externos o naturales. Sin embargo, el análisis posterior de imágenes satelitales, sobrevuelos y modelos de deriva confirmó que la mancha apareció desde principios de febrero cerca de la plataforma Abkatun, en la zona de Cantarell.
El dato es relevante porque confirma que el problema no fue solo la fuga, sino la manera en que se administró políticamente. Mientras el crudo avanzaba, la versión oficial intentó ganar tiempo. Y en una empresa del tamaño de Pemex, ese tipo de manejo tiene consecuencias ambientales, económicas y también institucionales.
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Para el ciudadano común, el costo no es abstracto. Un derrame de esta magnitud afecta ecosistemas, actividades pesqueras, limpieza de playas y recursos públicos. Al mismo tiempo, vuelve a poner sobre la mesa la fragilidad operativa de una empresa que sigue siendo clave para las finanzas nacionales.
Tula: otra vez la negación
En paralelo, Pemex enfrentó otro episodio delicado en la refinería de Tula, Hidalgo. Reportes ciudadanos alertaron sobre un fuerte estruendo, llamas y una columna de humo negro. Hubo movilización de brigadas internas y activación de protocolos estatales de emergencia. Aun así, la empresa negó que hubiera un incendio y redujo el hecho a un “incidente menor”.
La escena repite un patrón preocupante: primero la minimización, después la presión externa y finalmente la corrección forzada. En el Golfo ocurrió con el derrame. En Tula, la reacción fue similar. Por eso, la crisis de Pemex ya no se limita a fallas técnicas. Hoy también pasa por su credibilidad.

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