México empieza a mirar fuera de los partidos. El desgaste de Morena, la fragilidad opositora y el hartazgo ciudadano podrían abrir la puerta a una candidatura empresarial rumbo a 2030.

#AsídeClaro | David Martínez Staines
Opinión
Columnista
Política Gurú
Las democracias rara vez se desploman de un día para otro. Primero se cansan. Luego dejan de creer. Finalmente, aparece una idea peligrosa: la sensación de que nada cambia, gane quien gane.
México parece caminar hacia ese punto.
La conversación pública sigue atrapada en la coyuntura inmediata: la sucesión presidencial, la fuerza de Morena, la debilidad de la oposición y las disputas internas del poder. Sin embargo, debajo de ese ruido se mueve algo más profundo: el hartazgo hacia la clase política en su conjunto.
No se trata solo del desgaste de un partido, de un gobierno o de una coalición. Es el agotamiento frente a una forma de ejercer el poder que ha decepcionado incluso a muchos de quienes alguna vez creyó representar.
Morena llegó al gobierno con una promesa histórica. Su relato fue potente: desmontar un régimen marcado por corrupción, privilegios y complicidades. Durante años logró encarnar el enojo de millones de mexicanos frente a una élite política desconectada, arrogante y sorda.
Pero el poder tiene una vieja costumbre mexicana: devora la pureza de sus promesas.
A seis años del obradorismo, y con la continuidad como proyecto político, resulta difícil ignorar las contradicciones. La austeridad convivió con la concentración del poder. La regeneración moral terminó negociando con el pragmatismo electoral. La lucha contra los privilegios abrió paso a nuevas élites, nuevos grupos de influencia y nuevas lealtades construidas alrededor de la cercanía al poder.
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La historia mexicana conoce bien ese ciclo: movimientos que nacen para combatir un régimen y terminan reproduciendo algunos de sus reflejos.
Mientras tanto, la oposición tradicional parece haber renunciado a entender el país que perdió. El PAN habla con frecuencia para sus propios convencidos. El PRI luce como una memoria burocrática de sí mismo. Movimiento Ciudadano todavía se mueve entre el experimento generacional y la indefinición estratégica.
Ninguno parece haber entendido por completo una verdad incómoda: ya no basta con oponerse a Morena. Hace falta ofrecer una idea creíble de nación.
Ahí nace el vacío político.
Cuando los ciudadanos dejan de confiar en los partidos, empiezan a mirar hacia figuras que parezcan ajenas al sistema. No necesariamente mejores. Simplemente distintas.
El siglo XXI está lleno de esos episodios. Sociedades fatigadas que depositan expectativas en outsiders, empresarios, tecnócratas o personajes antisistema. A veces lo hacen como reacción contra la corrupción. Otras veces, como un voto de desesperación.
México no es inmune a esa tentación.
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En círculos empresariales, financieros y universitarios comienza a colarse una conversación que hasta hace poco parecía improbable: la posibilidad de una candidatura ciudadana de perfil empresarial rumbo a 2030.
Una figura que no prometa redención ideológica, sino eficacia. Que no venda épica, sino resultados. Que no hable de revolución, sino de administración. Esa idea puede parecer lejana, pero los vacíos políticos casi siempre empiezan así: como murmullos discretos antes de convertirse en opción electoral.
El problema es que un empresario en la puerta no resuelve, por sí mismo, la crisis de representación. Puede encarnar orden, eficiencia y distancia frente a los partidos. Sin embargo, también puede cargar una visión limitada del país, donde gobernar se confunde con administrar una empresa.
México no necesita solo gerentes. Necesita liderazgo político, sentido social, inteligencia institucional y capacidad para reconstruir confianza.
La pregunta rumbo a 2030 no es únicamente quién puede ganarle a Morena. La pregunta real es quién puede hablarle a un país cansado de promesas, slogans y simulaciones.
Porque cuando la política deja de representar, alguien más toca la puerta.
Y esta vez podría no venir de un partido.

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