La podredumbre del poder

Podredumbre del poder

La clase política mexicana ya no vive una crisis pasajera. Vive una descomposición profunda, sostenida por la impunidad, la propaganda y una alarmante pérdida de vergüenza pública.

Podredumbre del poder

#AsídeClaro | David Martínez Staines

Opinión

Columnista

Política Gurú

La descomposición de la clase política mexicana ya no parece un accidente histórico ni una desviación aislada. Se ha convertido en sistema. Un entramado de cinismo, impunidad y degradación institucional que terminó por normalizar lo que antes habría provocado crisis políticas, renuncias o escándalos nacionales.

Hoy, en México, la vergüenza parece haber abandonado el servicio público.

La política mexicana atraviesa una de sus etapas más oscuras, no porque falten liderazgos, sino porque sobran simuladores. Gobernadores señalados por corrupción reaparecen reciclados en embajadas, candidaturas o cargos públicos. Alcaldes investigados cambian de partido como quien cambia de camisa. Legisladores incapaces de sostener un debate serio se muestran expertos en obedecer consignas.

La ideología murió hace tiempo. El pragmatismo del poder lo devoró casi todo.

Durante décadas, el viejo régimen priista fue acusado, muchas veces con razón, de construir una maquinaria basada en pactos de impunidad, clientelismo y control territorial. Sin embargo, el problema de México nunca fue exclusivamente un partido. La alternancia prometió limpiar el sistema, pero en demasiados casos terminó perfeccionando sus vicios.

El poder cambió de manos, pero no de costumbres.

La tragedia nacional es que la corrupción dejó de ser excepción para convertirse en método de gobierno. Se prometió una transformación moral y terminó imponiéndose una narrativa donde todo escándalo se atribuye al pasado, toda crítica se presenta como conspiración y toda evidencia incómoda se desacredita antes de investigarse.

La rendición de cuentas desapareció bajo el peso de la polarización.

En ese deterioro institucional, la cercanía entre política y criminalidad se volvió uno de los síntomas más alarmantes. No se trata únicamente del crimen organizado infiltrando gobiernos municipales o financiando campañas. Se trata de una normalización progresiva del poder compartido en regiones enteras del país.

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Ahí, el crimen decide candidatos, impone condiciones y administra territorios mientras el Estado finge gobernar.

El silencio oficial frente a muchos casos ha sido, por decir lo menos, perturbador. La autoridad responde tarde, responde a medias o responde solo cuando el costo político ya resulta imposible de contener. Mientras tanto, el ciudadano común aprende a vivir entre la sospecha, el miedo y la resignación.

La degradación también es moral. La política mexicana perdió el sentido del pudor público. Funcionarios exhiben privilegios mientras predican austeridad. Dirigentes denuncian corrupción solo cuando ocurre en el adversario. Oposiciones sin autoridad moral intentan venderse como alternativa, aunque cargan sus propios expedientes de descrédito.

La discusión pública quedó reducida a propaganda, insultos y campañas permanentes.

México ya no enfrenta únicamente una crisis de gobernabilidad o representación. Enfrenta una degradación profunda de quienes convirtieron el servicio público en mecanismo de enriquecimiento, protección mutua y supervivencia política. El poder dejó de entenderse como responsabilidad y se asumió como botín.

La política nacional se parece cada vez menos a una democracia funcional y más a una disputa entre grupos que usan el discurso ideológico como disfraz de intereses personales. La izquierda que prometió justicia abrazó el pragmatismo más brutal. La derecha que decía defender instituciones terminó subordinada a sus propias miserias. Los partidos opositores, en demasiados casos, operan como agencias de colocación para personajes reciclados.

Su única ideología parece ser permanecer cerca del presupuesto.

En México ya no hay escándalos. Hay costumbre. Gobernadores acusados de corrupción multimillonaria reaparecen blindados políticamente. Exfuncionarios señalados por desvíos son reciclados como legisladores o asesores. Alcaldes con vínculos cuestionables sobreviven bajo protección partidista.

La impunidad dejó de ser una falla del sistema. Es el sistema.

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Lo más alarmante no es solamente la corrupción económica. Es la putrefacción moral. La mentira se volvió política pública. Se gobierna desde la propaganda, no desde la realidad. Se administran percepciones mientras el país acumula violencia, miedo y fractura institucional.

Quien cuestiona es tratado como enemigo. Quien investiga, desacreditado. Quien denuncia, ignorado. La verdad dejó de importar frente a la necesidad obsesiva de controlar el relato.

La relación cada vez más inquietante entre sectores políticos y estructuras criminales es quizá la señal más brutal de esa decadencia. En demasiadas regiones del país, el crimen organizado ya no solo amenaza gobiernos: los condiciona, los financia o coexiste con ellos.

Las campañas electorales, particularmente en el ámbito local, llevan años bajo sospecha. Hay territorios donde la autoridad formal parece pedir permiso para gobernar, mientras los verdaderos dueños del poder imponen reglas desde la violencia.

Frente a ello, la clase política responde con cinismo. Se rasga las vestiduras ante el escándalo ajeno mientras protege el propio. El combate a la corrupción se convirtió en arma electoral, no en convicción ética. Cada partido acusa al otro de aquello que también practica.

Todos prometen limpieza. Todos terminan cubiertos por el mismo lodo.

Quizá el mayor daño sea el desencanto ciudadano. Una democracia no muere solamente cuando desaparecen las elecciones. También se erosiona cuando la sociedad deja de creer que algo puede cambiar. Cuando el ciudadano concluye que todos son iguales, que todos roban, que todos mienten.

Ahí comienza la verdadera derrota institucional: la resignación.

México enfrenta una crisis de clase política, pero también de exigencia social. Mientras los ciudadanos premien la lealtad partidista sobre la honestidad, el fanatismo sobre la verdad y el espectáculo sobre la capacidad, la podredumbre seguirá reproduciéndose desde las urnas.

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La tragedia mexicana no consiste únicamente en tener malos políticos. La tragedia es haber normalizado su degradación. Se aplaude la mediocridad, se tolera la incompetencia y se vota desde el resentimiento o el fanatismo. El ciudadano termina atrapado entre un populismo que destruye contrapesos y una oposición incapaz de ofrecer autoridad moral.

La política nacional parece haber perdido cualquier noción de límite. El insulto reemplazó al debate. La obediencia sustituyó a la inteligencia. El oportunismo derrotó a la convicción. Ya no se forman estadistas: se fabrican propagandistas, influencers del poder, operadores electorales y especialistas en sobrevivir al escándalo.

La pregunta ya no es si la política mexicana está descompuesta. La evidencia es contundente. La verdadera pregunta es cuánto más puede resistir un país cuando quienes deberían sostener sus instituciones se han convertido, precisamente, en los principales responsables de erosionarlas.

Durante años se prometió cambiarlo todo. Se habló de moral, ética, honestidad y regeneración pública. Se repitió, una y otra vez, que no eran iguales. Sin embargo, para una parte creciente de la opinión pública, el resultado terminó pareciéndose demasiado a aquello que se juró combatir, e incluso peor en ciertos terrenos.

Dicen que a los expresidentes los juzga la historia. Quien aspiró a ser recordado junto a Juárez corre el riesgo de quedar situado, por sus críticos, al lado de los nombres más cuestionados de la vida pública mexicana: Echeverría, López Portillo, Salinas o Peña Nieto. Paradojas del destino.

Como advertía Luis Donaldo Colosio: “Cala más el ejemplo que la palabra”.

Una nación puede sobrevivir a una mala economía, a una crisis política o incluso a gobiernos incompetentes. Lo que difícilmente resiste es una élite dirigente que perdió toda noción de responsabilidad pública y convirtió la decadencia en forma cotidiana de gobierno.

México no solo enfrenta una crisis política. Enfrenta la normalización de la podredumbre del poder.

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David Martínez Staines
Mis hijos, mi mayor acierto. Porque yo lo valgo. Colaborador de @radio_formula y columnista de @politicaguru

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