El terremoto no solo sacudió a Venezuela: también mostró el costo de décadas de corrupción, propaganda y abandono de los servicios públicos.

Claro y Conciso | Alberto Castelazo Alcalá
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@Castelazoa
El terremoto no derrumbó solo edificios. También exhibió, con brutal claridad, lo que años de corrupción, abandono y propaganda ya habían debilitado en Venezuela.
Cuando la tierra se mueve, la ideología no rescata a nadie. No levanta hospitales. No repara carreteras. No prende plantas eléctricas. Tampoco sustituye a un Estado que durante décadas prefirió alimentar proyectos políticos antes que cuidar a su propia gente.
Venezuela vuelve a pagar una factura que no contrajo el pueblo.
Los sismos recientes dejaron comunidades golpeadas, familias buscando sobrevivientes, hospitales presionados y servicios públicos al límite. La emergencia mostró algo doloroso: el desastre natural cayó sobre un país que ya vivía entre ruinas institucionales.
Porque esto no empezó con el temblor.
Empezó cuando el chavismo convirtió la riqueza petrolera en chequera política. Mientras millones de barriles financiaban alianzas ideológicas, subsidios a Cuba y redes de poder, la infraestructura venezolana se oxidaba por dentro. El discurso hablaba de soberanía; la realidad se quedaba sin luz, sin medicinas y sin mantenimiento.
Ese es el verdadero drama.
No se trata de negar la solidaridad internacional ni de regatear ayuda a otros pueblos. Se trata de preguntarse por qué uno de los países con mayores reservas petroleras del planeta terminó enfrentando una tragedia con hospitales precarios, servicios colapsados y comunidades obligadas a organizarse casi solas.
El populismo siempre presume amor al pueblo. Pero cuando llega la hora difícil, el pueblo aparece con las manos vacías.
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En varias zonas afectadas, vecinos, voluntarios y familiares comenzaron a remover escombros antes de que la respuesta oficial alcanzara el tamaño de la tragedia. Esa imagen pesa: ciudadanos haciendo lo que el Estado debía tener listo desde antes.
Y no por falta de dinero histórico.
Durante años, Venezuela tuvo ingresos suficientes para modernizar hospitales, reforzar infraestructura, profesionalizar protección civil y construir servicios públicos resistentes. Sin embargo, el dinero siguió otros caminos: corrupción, clientelas, propaganda y alianzas políticas.
Por eso el sismo duele doble.
Duele por las víctimas. Duele por los daños. Pero también duele porque muchas pérdidas pudieron mitigarse con instituciones serias, mantenimiento constante y gobiernos menos obsesionados con conservar poder.
Aun así, Venezuela también muestra su lado más digno.
La sociedad civil, la diáspora y organizaciones humanitarias han empezado a llenar los huecos que dejó el aparato público. Centros de acopio, brigadas médicas, redes de apoyo y cadenas ciudadanas están sosteniendo a miles de personas en medio de la emergencia.
México también respondió.
La llegada de ayuda mexicana, con rescatistas, personal médico y apoyo humanitario, representa un gesto necesario. En una tragedia así no caben mezquindades. La solidaridad debe llegar rápido, sin cálculo partidista y sin propaganda barata.
Pero ayudar no significa callar.
La ayuda humanitaria atiende la urgencia. La memoria política explica por qué el país estaba tan vulnerable cuando llegó el golpe. Y esa discusión no puede enterrarse bajo los escombros.
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Venezuela necesita víveres, medicinas, agua, cobijas, equipos de rescate y apoyo internacional. También necesita algo más profundo: reconstruir la confianza en instituciones que durante años fueron usadas como herramientas de control, no como protección para la gente.
Como siempre, los ciudadanos pagan los errores del poder.
Los gobiernos populistas gastan años prometiendo redención. Luego llega una crisis y queda al descubierto la verdad: sin instituciones, sin infraestructura y sin servicios públicos, la épica oficial no sirve ni para cargar una camilla.
Hoy Venezuela necesita ayuda.
Mañana necesitará cuentas.
¿Dónde donar?
Quienes puedan apoyar deben buscar canales confiables y verificables. Las opciones más seguras suelen ser organizaciones humanitarias con operación internacional o redes formales de la diáspora venezolana.
Se recomienda donar a través de:
Cruz Roja Internacional y Cruz Roja Venezolana.
Direct Relief.
World Central Kitchen.
Centros de acopio organizados por consulados venezolanos, iglesias, asociaciones civiles y comunidades venezolanas en México y otros países.
Antes de donar dinero, víveres o medicamentos, conviene confirmar sedes, horarios y listas oficiales de productos solicitados. En una emergencia, ayudar bien también salva tiempo.

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