Palacio Nacional no solo gobierna con decretos. También gobierna con percepción. Y ahí aparece Iván Silva, el operador que podría estar moldeando la realidad que escucha la presidenta.
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Palacio Nacional no solo gobierna con decretos, mañaneras y giras. También gobierna con percepción. Y ahí, según la columna de Raymundo Riva Palacio, aparece un nombre que empieza a pesar más de lo que muchos imaginaban: Iván Silva, fundador de Heurística y operador político metido hasta el fondo en la narrativa del oficialismo.
El asunto rebasa la anécdota palaciega. Si un consultor privado concentra estrategia electoral, conversación digital, medición de popularidad y ataques contra críticos, el problema ya no es de comunicación. Es de poder. Y, sobre todo, de quién decide qué versión del país llega al escritorio presidencial.
Heurística no apareció ayer. La firma caminó desde campañas locales hasta convertirse en una pieza recurrente del ecosistema de Morena. Su nombre ha estado ligado a campañas estatales, gobiernos locales y estrategias partidistas. Ese crecimiento explica por qué hoy su influencia despierta sospechas y preguntas incómodas.
El punto no es si Silva sabe operar. Claramente sabe. El problema es otro: cuando la estrategia electoral invade el gobierno, la comunicación pública deja de informar y empieza a blindar. Ahí la línea se rompe. Una cosa es defender una administración; otra, fabricar una realidad a la medida del poder.
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La columna plantea algo más delicado: Silva no solo estaría ayudando a empujar la imagen presidencial, sino también a dirigir fuego contra medios, periodistas y adversarios. Si eso ocurre con recursos, estructuras o permisos del aparato público, la discusión ya no pasa por simpatías partidistas. Pasa por transparencia, rendición de cuentas y uso político del gobierno.
Morena llegará a 2027 con una batalla enorme: 17 gubernaturas en juego y una narrativa de invencibilidad que necesita sostener a cualquier costo. Para el oficialismo, la aprobación presidencial funciona como escudo. Para los ciudadanos, la pregunta debería ser más simple: ¿esa aprobación refleja resultados o una maquinaria de percepción?
La respuesta no cabe en una encuesta. La presidenta mantiene altos niveles de popularidad, pero la calle vive otra conversación. La inseguridad, el crimen organizado, la economía familiar, la salud pública y el desgaste institucional no se resuelven con gráficas bonitas ni con tendencias en redes sociales.
Cuando una familia teme salir de noche, no le sirve un estudio demoscópico. Cuando un comerciante paga extorsión, no le sirve un hashtag. Cuando una madre busca medicinas, no le sirve que un operador digital diga que todo marcha bien. La propaganda puede maquillar el ánimo público, pero no cambia la vida diaria.
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También conviene marcar límites. Las acusaciones y señalamientos que rodean a algunos personajes de Morena, incluidos casos con atención en Estados Unidos, deben tratarse como lo que son: señalamientos graves, no sentencias. Pero políticamente ya pesan. Golpean la promesa moral del movimiento y obligan al gobierno a responder con algo más sólido que descalificaciones.
Ahí está el desgaste. Frente a cada crítica, el oficialismo parece repetir la misma receta: desacreditar al mensajero, culpar a la derecha, mover la conversación y cerrar filas. Esa fórmula puede servir para ganar horas en redes. No sirve para gobernar un país.
Por eso el caso Iván Silva importa. No por su nombre, sino por lo que representa: la posibilidad de que Palacio confunda estrategia con verdad, popularidad con legitimidad y propaganda con gobierno. Cuando eso pasa, el poder deja de escuchar al país y empieza a escucharse a sí mismo.
La presidenta debería cuidarse de esa burbuja. Porque el mayor riesgo no está en los críticos, ni en los periodistas, ni en los adversarios que incomodan. El riesgo está en creer que la realidad puede administrarse desde una pantalla.
La propaganda compra tiempo, no compra futuro. Y cuando la realidad toque la puerta, no responderán los bots, ni las encuestas, ni los consultores. Tendrá que responder el poder.
Editorial basada en la columna de opinión de Raymundo Riva Palacio en su columna Nada Personal, publicada en El Financiero.

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