La cultura también se cae a goteras. En la CDMX, una de sus escuelas musicales más importantes agoniza mientras el gobierno presume conciertos masivos.
Editorial | Corrupción
Análisis
Noticias
Política Gurú
La cultura también se cae a goteras. Y en la Ciudad de México, una de sus joyas musicales más importantes está dando señales de abandono mientras el gobierno presume conciertos masivos como si eso bastara para hablar de política cultural.
La Escuela Ollin Yoliztli no es un edificio más. Es semillero, taller, refugio y punto de partida para músicos que han terminado en orquestas, conservatorios y escenarios profesionales. Su nombre significa Vida y Movimiento, pero hoy la denuncia habla de lo contrario: humedad, deterioro, plazas congeladas y una autoridad que parece mirar hacia otro lado.
La contradicción pesa. Mientras la capital gasta recursos en espectáculos gratuitos en el Zócalo, bajo la bandera de acercar la cultura al pueblo, uno de sus espacios de formación más valiosos se deteriora por dentro. No se trata de oponer conciertos populares contra educación artística. La cultura debe salir a la calle, sí. Pero también debe cuidar sus raíces.
Porque sin escuelas, no hay músicos. Sin instrumentos, no hay formación. Sin mantenimiento, no hay futuro. Lo demás es escenografía.
La Ollin Yoliztli nació como parte de un proyecto serio de formación musical ligado a la vida cultural de la ciudad. Por sus aulas han pasado generaciones de estudiantes de piano, violín, viola, guitarra, canto, percusiones, dirección y otros instrumentos. Muchos llegaron desde edades tempranas. Otros encontraron ahí una ruta profesional que difícilmente habrían podido pagar en instituciones privadas.
Por eso el deterioro no golpea solo a la escuela. Golpea al ciudadano común. Cuando una institución pública de alto nivel se cae, la oportunidad se vuelve más estrecha para quienes dependen del sistema público para estudiar, crecer y competir.
Te puede interesar: Russell gana Austria y apaga la polémica de la bandera amarilla
Las imágenes y testimonios descritos en la columna de Claudio Ochoa Huerta son graves: goteras, cubetas en los pisos, plafones colapsados, hongos, humedad, trapos para contener el agua e instrumentos movidos para evitar que se dañen. En cualquier oficina pública sería condenable. En una escuela de música, donde los alumnos y músicos de aliento pueden quedar expuestos a problemas respiratorios o alergias, resulta todavía más delicado.
El problema ya no cabe en la palabra “mantenimiento”. Esto apunta a una falla de gestión. Si los techos se vencen, si las salas se humedecen y si los instrumentos deben arrinconarse para salvarlos del agua, la autoridad no está frente a un pendiente menor. Está frente a una omisión.
La denuncia sobre 27 plazas congeladas en la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México agrava el cuadro. Una orquesta no funciona por decreto ni por discurso. Necesita músicos, ensayos, condiciones laborales y operación estable. Cuando se congelan plazas, se debilita el funcionamiento. Cuando se normaliza esa precariedad, la institución pierde fuerza desde adentro.
El nivel de hartazgo ya llegó al escenario. Integrantes de la Filarmónica han usado pausas en sus presentaciones para explicar al público lo que ocurre. Ese gesto dice mucho. Los músicos no salieron a buscar protagonismo: salieron a pedir condiciones mínimas para trabajar y sostener una institución que pertenece a la ciudad.
La Secretaría de Cultura capitalina tiene que responder con algo más que sensibilidad discursiva. Necesita fechas, presupuesto, diagnóstico técnico, reparación de daños, protección de instrumentos y una ruta clara para atender las plazas congeladas. La cultura no se defiende con frases bonitas. Se defiende con decisiones.
Síguenos en Instagram para mantenerte siempre informado
Clara Brugada también enfrenta una prueba política. Si su gobierno quiere presumir una ciudad cultural, debe demostrarlo donde menos reflectores hay: en los salones de ensayo, en los techos que se filtran, en los atriles dañados, en los músicos que siguen tocando mientras el edificio se deteriora.
La capital puede llenar el Zócalo una y otra vez. Puede convertir cada concierto en postal oficial. Pero si deja morir a la Ollin Yoliztli, el mensaje será brutal: hay dinero para el aplauso, pero no para formar a quienes hacen posible la música.
La cultura no agoniza de golpe. Primero se humedece un techo. Luego se cancela un ensayo. Después se pierde una plaza. Al final, se vuelve costumbre ver caer lo que antes era orgullo público.
Y cuando una ciudad normaliza eso, ya no está cuidando su patrimonio. Lo está dejando morir.
Editorial basada en la columna de opinión de Claudio Ochoa Huerta, publicada en su columna Miocardio de El Universal.

Be the first to comment on "La CDMX presume cultura, pero deja morir a la Ollin Yoliztli"