La red empresarial de Rodrigo Gutiérrez Mueller, cuñado de Andrés Manuel López Obrador, abrió un nuevo flanco incómodo para la 4T: negocios en sectores sensibles, socios polémicos y una explicación oficial que no alcanza para despejar dudas.
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Rodrigo Gutiérrez Mueller, cuñado del expresidente Andrés Manuel López Obrador, levantó en seis años una red empresarial que se extendió a sectores tan delicados como hidrocarburos, transferencias de dinero, agronegocios y comercialización de cuarzo. No se trata de un negocio aislado ni de una aventura menor. Se trata de una estructura amplia, armada con socios de perfiles diversos, que volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para la 4T: ¿de verdad el poder se ejerció con la distancia ética que tanto presumieron?
Los registros mercantiles consultados por El Universal muestran que Gutiérrez Mueller participó en la creación de al menos seis empresas. En conjunto, esas firmas declararon un capital social mínimo de 11.4 millones de pesos. De ese monto, 2.2 millones habrían sido aportados directamente por él. Además, alrededor de esa red aparecen otras compañías espejo o relacionadas, en México y en Estados Unidos, con giros similares y objetivos coincidentes: mover dinero, abrir negocios y ampliar operaciones.
El punto no es solo cuántas empresas se constituyeron. El verdadero fondo está en qué tipo de negocios se tejieron y con quiénes. La red suma decenas de personas entre socios y fedatarios. Entre los nombres aparecen perfiles vinculados con la vida política, sindical y empresarial de distintas regiones. También figuran personajes señalados en investigaciones estadounidenses por presunto lavado de dinero. Aunque una coincidencia de nombres no equivale por sí sola a responsabilidad penal, el contexto sí obliga a una revisión mucho más seria que un simple comunicado oficial.
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Y ahí es donde vuelve a aparecer el viejo problema de la 4T: el discurso de superioridad moral se desmorona en cuanto los vínculos familiares se acercan al dinero, al poder y a los negocios sensibles. Porque mientras el obradorismo repitió durante años que había terminado el tráfico de influencias, hoy el círculo cercano del expresidente aparece relacionado con empresas de pagos, envíos, combustibles y exportaciones. Tal vez no haya delito probado. Pero sí hay un evidente conflicto político y ético que el oficialismo quiere despachar con rapidez.
Uno de los casos más delicados es Keter Energy, firma registrada tras el fin del sexenio de López Obrador y dedicada a la compra, venta, importación, exportación y distribución de petróleo, gasolina, diésel, gas y otros derivados. Entrar al negocio energético en México nunca es un movimiento menor. Es un sector controlado, vigilado y marcado por antecedentes de corrupción, contrabando, huachicol y complicidades políticas. Por eso, aunque no existan registros públicos de contratos gubernamentales para esa empresa, el solo hecho de que un familiar del expresidente incursione ahí debería encender alertas.
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La otra línea igual de delicada es la de los negocios financieros. Envíos del Bienestar, Pagos del Bienestar, MexusPayment y Transferencias del Bienestar muestran una ruta clara: construir vehículos para mover recursos entre México y Estados Unidos. El detalle político no es menor. El uso del término “Bienestar”, emblema central del aparato social y propagandístico del obradorismo, no solo genera ruido: refuerza la percepción de que la marca del poder también orbitó en negocios privados.
Frente a eso, la reacción del gobierno fue la esperada. Hacienda y la UIF aseguraron que revisaron el caso y que no encontraron irregularidades. El problema es que, en el México de la 4T, las absoluciones exprés dejaron de tranquilizar a nadie. Más bien levantan nuevas sospechas. Cuando una investigación toca a un familiar del antiguo presidente, lo mínimo exigible no es un carpetazo de fin de semana, sino transparencia total.
Para el ciudadano común, este caso importa por una razón sencilla: confirma que el poder en México sigue moviéndose en círculos cerrados, donde los apellidos pesan, las conexiones abren puertas y la rendición de cuentas casi siempre llega tarde. La promesa de un gobierno distinto choca otra vez con una realidad conocida. Cambiaron los discursos, cambiaron los slogans, cambió la narrativa del régimen. Pero alrededor del poder, los negocios siguen floreciendo como siempre.
Editorial basada en la investigación de Ernesto Aroche publicada en El Universal.

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