El nombre de Enrique Inzunza ya dejó de circular como rumor político. Ahora aparece como una pieza incómoda en el expediente que Estados Unidos abrió sobre la presunta red de protección al Cártel de Sinaloa desde estructuras del poder estatal.
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El nombre de Enrique Inzunza ya dejó de circular como rumor político. Ahora aparece como una pieza incómoda en el expediente que Estados Unidos abrió sobre la presunta red de protección al Cártel de Sinaloa desde estructuras del poder estatal.
Y ahí está el punto delicado: si el gobierno de Claudia Sheinbaum necesita mandar una señal de cooperación a Washington sin detonar una crisis mayor dentro de Morena, Inzunza luce como el primer fusible.
No es una pieza menor. Fue secretario general de Gobierno en Sinaloa, operador cercano de Rubén Rocha Moya y uno de los hombres con mayor conocimiento sobre la maquinaria política local. Después llegó al Senado bajo las siglas de Morena. Esa trayectoria lo vuelve relevante para cualquier investigación que busque reconstruir decisiones, acuerdos y responsabilidades.
Pero también lo vuelve sacrificable.
Rocha Moya representa un costo político mucho más alto. Tocar al exgobernador sería aceptar que el problema no estuvo en la periferia del poder, sino en el corazón del gobierno sinaloense. Para Morena, eso implicaría abrir una grieta difícil de contener, justo cuando la presión por seguridad, narcotráfico, migración y T-MEC vuelve a tensar la relación con Estados Unidos.
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Inzunza, en cambio, permite otra operación política: entregar una señal sin entregar toda la plaza. Washington obtendría una figura útil. Palacio Nacional podría presumir disposición institucional. Morena intentaría contener el daño antes de que el expediente escale hacia nombres de mayor peso.
El problema es que esa lógica no necesariamente equivale a justicia. Puede parecer, más bien, administración del incendio.
La acusación estadounidense señala una presunta trama de protección política a Los Chapitos, con referencias a campañas, control institucional y áreas de seguridad. Si esos señalamientos avanzan, el caso no hablará solo de corrupción. Hablará de un gobierno que pudo haber dejado a ciudadanos, opositores y corporaciones públicas bajo la sombra de una organización criminal.
Por eso el impacto rebasa a Sinaloa. Cuando una red criminal logra tocar elecciones, policías, funcionarios y decisiones de gobierno, el ciudadano común paga la factura en miedo, extorsión, violencia y desconfianza. No es un pleito entre élites. Es la erosión directa del Estado.
Inzunza ha intentado mandar señales de normalidad. Al negar una supuesta negociación con autoridades estadounidenses y ubicarse públicamente en Sinaloa, buscó cortar versiones antes de que crecieran. Sin embargo, el expediente ya le cambió el terreno. Un político no necesita estar detenido para quedar políticamente cercado.
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La presión bilateral tampoco ayuda. Donald Trump entiende la negociación como una mesa única: comercio, frontera, drogas y seguridad. En esa lógica, el T-MEC no camina separado del fentanilo ni de la cooperación judicial. México puede defender soberanía, sí. Pero Washington exigirá resultados medibles.
Ahí Sheinbaum enfrenta su dilema más áspero: cooperar sin parecer subordinada, investigar sin proteger a los suyos y sostener el discurso de soberanía sin convertirlo en refugio para la impunidad.
Morena también recibió el mensaje. La dirigencia ya empezó a marcar distancia de perfiles con antecedentes incómodos rumbo a 2027. Inzunza, que hace poco aparecía como carta competitiva para Sinaloa, hoy carga el peso de un expediente que puede cerrarle cualquier ruta electoral.
El caso apenas empieza, pero ya dejó una señal brutal: cuando Estados Unidos arma primero el expediente, México llega tarde a explicar lo que debió investigar antes.
Si Inzunza cae para abrir la puerta a la verdad, habrá una oportunidad institucional. Si cae solo para proteger a Rocha o para salvarle la cara a Morena, entonces no habrá justicia. Habrá cálculo. Y el cálculo, frente al narco, siempre termina saliendo caro.
Esta editorial está basada en la columna de opinión de Mario Maldonado, en su columna NegoCEO’S, publicada en El Universal.

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