Rocha Moya volvió con firmeza prestada y se retiró bajo presión. Su fugaz regreso revela una crisis de autoridad, una ruptura dentro de Morena y preguntas inevitables sobre la influencia de AMLO.
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Rubén Rocha Moya tardó 112 días en volver al Gobierno de Sinaloa y un día en demostrar que su regreso carecía de respaldo y sentido de Estado. Prometió gobernar “con firmeza”; después pidió otra licencia indefinida sin explicar las razones. Eso no es firmeza: es improvisación.
El viernes se presentó como un mandatario reivindicado. Reunió al gabinete y proclamó que regresaba con la conciencia tranquila. Sin embargo, el sábado entregó al Congreso una carta escueta: pedía separarse “por así considerarlo pertinente”. Para Sinaloa, semejante explicación resulta políticamente insultante.
La contradicción no es menor. Un gobernador puede defender su derecho a la presunción de inocencia, pero debe comprender que el cargo exige estabilidad, credibilidad y rendición de cuentas. Rocha actuó como si la gubernatura fuera una puerta giratoria para resolver su conveniencia.
Además, su regreso ocurrió mientras permanece una acusación formal en Estados Unidos por presuntos delitos de narcotráfico. Rocha niega los cargos y ninguna acusación equivale a una sentencia. Por eso debía ofrecer información verificable, no proclamas partidistas ni silencios calculados.
En cambio, convirtió un problema institucional en un alegato sobre soberanía y lealtad al movimiento. Así desplazó la pregunta central: ¿qué condiciones cambiaron para que pudiera volver y cuáles cambiaron, en menos de dos días, para obligarlo a retroceder?
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La respuesta de Claudia Sheinbaum fue demoledora. Aunque no mencionó a Rocha, condenó la “ambición desnuda del poder por el poder” y recordó que ningún interés personal está por encima de la nación. El mensaje, por su momento y destinatario implícito, funcionó como desautorización presidencial.
Después llegaron los deslindes de Gobernación, Morena y dirigentes oficialistas. Rocha descubrió que el poder que pretendía recuperar existía en la Constitución, pero ya no en su coalición. Su nueva licencia parece menos un acto voluntario que una retirada impuesta por el aislamiento.
Sin embargo, el episodio compromete a Sheinbaum. Si desconocía el retorno, quedó exhibida una falla de coordinación oficialista. Si lo conocía, el rechazo posterior luce reactivo. En ambos escenarios, la crisis revela que Morena administra lealtades antes que instituciones.
Mientras tanto, los sinaloenses pagan la factura. La violencia, el miedo, la pérdida económica y la desconfianza no admiten gobernadores intermitentes. Sinaloa necesita mando legítimo, estrategia de seguridad y resultados; no una disputa palaciega sobre quién autoriza entrar o salir del despacho.
Por ello, el Congreso no debe tramitar la licencia como formalidad. Debe exigir motivos, precisar alcances y garantizar una sucesión transparente. La mayoría de Morena tiene una obligación con la sociedad, no con el acomodo de un grupo. La gubernatura no es propiedad partidista.
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Ahora bien, queda la pregunta: ¿quién estuvo detrás del regreso? No existe prueba de que Andrés Manuel López Obrador lo haya ordenado. Afirmarlo como hecho sería irresponsable. Pero ignorar la relación política entre ambos, construida durante décadas, sería una ingenuidad conveniente.
Rocha reconoció su cercanía con López Obrador y que el expresidente intervino en su candidatura de 2021. Por tanto, su desafío puede leerse como un tanteo del viejo obradorismo: medir hasta dónde conserva capacidad de decisión frente a una presidenta que intenta marcar autoridad.
También cabe la hipótesis: el retorno pudo buscar un escudo político frente a la presión estadounidense o enviar una señal de cohesión hacia dentro. El problema es que Sheinbaum rompió la escena. Su pronunciamiento dejó a Rocha solo y convirtió el ensayo en una humillación pública.
¿Acaso AMLO está temeroso? No podemos afirmarlo. Sin embargo, el avance de expedientes estadounidenses sobre figuras del oficialismo, junto con la fragilidad de antiguos aliados, ofrece motivos para que el círculo fundador esté inquieto. El miedo, en política, rara vez se confiesa; suele disfrazarse de soberanía o disciplina.
Aquí no hay casualidades, pero tampoco licencia para inventar certezas. Hay hechos, tiempos y silencios que merecen investigación. Rocha regresó sin respaldo y pidió salir bajo presión. La pregunta no es solamente quién lo empujó, sino qué temían perder quienes calcularon que podía volver. México merece esa respuesta.

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