La disputa que más presiona a Claudia Sheinbaum no está afuera de Palacio Nacional. Está dentro de Morena. Y eso cambia todo.
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La disputa que más presiona a Claudia Sheinbaum no está afuera de Palacio Nacional. Está dentro de Morena. Y eso cambia todo.
La columna de Carlos Loret de Mola puso sobre la mesa un choque que ya no puede leerse como simple grilla interna. Lo que aparece es una pelea por el mando real del movimiento: quién decide, quién opera, quién conserva cuotas y quién se atreve a desafiar a la Presidenta.
El reclamo visible apunta al estilo de conducción de Sheinbaum. Según la columna, figuras como Andy López Beltrán, Clara Brugada y Jesús Ramírez Cuevas han criticado en privado un trato marcado por gritos, tensión y descalificaciones. Pero reducir el pleito a un asunto de carácter sería quedarse corto.
El fondo es más incómodo: una parte del obradorismo duro no termina de aceptar que Sheinbaum gobierne con sello propio.
Durante años, Andrés Manuel López Obrador ordenó el tablero. Su palabra cerraba disputas, repartía espacios y marcaba los límites del poder interno. Bajo ese mando, los grupos podían pelear, pero sabían quién tenía la última decisión.
Ahora el mapa cambió.
Sheinbaum no parece dispuesta a administrar una herencia política sin tocarla. Quiere construir autoridad propia. Quiere mover piezas. Quiere dejar claro que el bastón de mando no sirve si otros lo cargan por ella.
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El pleito no es por las formas, sino por el poder
En política, las formas pesan. Un maltrato, un grito o una humillación pública erosionan equipos y multiplican resentimientos. Sin embargo, cuando esas quejas aparecen justo en medio de una disputa por espacios, contratos, narrativas y candidaturas futuras, conviene mirar más abajo.
El ala dura de Morena no solo extraña el trato de López Obrador. Extraña el sistema que él encabezaba.
Ese sistema tenía códigos simples: quién mandaba, quién negociaba, quién protegía y quién cobraba facturas políticas. Sheinbaum intenta alterar esa lógica. Ahí nace la resistencia.
Por eso el choque no es menor. Morena gobierna el país, pero también opera como una federación de grupos. Unos controlan el Congreso. Otros conservan fuerza territorial. Otros manejan redes de comunicación, estructuras partidistas o influencia presupuestal.
Cada isla defiende su margen de poder.
Adán Augusto López conserva peso en el Senado pese a las polémicas que lo rodean. Ricardo Monreal mantiene control en San Lázaro. Jesús Ramírez no perdió del todo la maquinaria narrativa del obradorismo. Clara Brugada resguarda la capital, el bastión político y electoral más importante del movimiento.
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Y Andy López Beltrán sigue como operador de una corriente que no necesita cargo formal para ejercer presión.
El costo lo paga el ciudadano
Esta guerra interna no es un pleito de sobremesa entre morenistas. Tiene consecuencias.
Cuando el partido gobernante se fractura, las prioridades públicas se contaminan. Seguridad, salud, transporte, agua, vivienda y economía familiar quedan atrapadas entre cálculos internos. El poder empieza a mirar hacia adentro justo cuando debería resolver hacia afuera.
También se debilita la rendición de cuentas. Si cada grupo protege a los suyos, las consecuencias se vuelven selectivas. Algunos pagan costos. Otros sobreviven por su utilidad política.
Ese es el riesgo para Sheinbaum. Si no disciplina a Morena, Morena terminará condicionando su presidencia. Si permite que las tribus le marquen límites, su margen de maniobra se reducirá antes de consolidarse.
La presidenta enfrenta una prueba decisiva. Puede asumir el costo de mandar, romper inercias y ordenar su propio gobierno. O puede quedar atrapada en una estructura que la llevó al poder, pero que ahora quiere cobrarle la factura.
El poder no tolera vacíos.
Si Claudia Sheinbaum no manda, alguien más va a intentar mandar por ella.
Esta editorial está basada en la columna de opinión de Carlos Loret de Mola, en su columna Historias de Reportero, publicada en El Universal.

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