Los recientes enroques entre el gabinete de Claudia Sheinbaum y la dirigencia de Morena abren una pregunta incómoda: si el oficialismo ya gobierna y opera políticamente como una sola estructura.
Editorial | Política
Análisis
Noticias
Política Gurú
Hay momentos en política que no necesitan demasiado maquillaje porque se explican solos. Los cambios recientes entre el gabinete federal y la estructura de Morena entran en esa categoría. No son simples ajustes administrativos ni relevos de rutina. Son una señal clara de cómo se entiende hoy el poder: como una sola maquinaria donde gobierno y partido se mezclan sin demasiada preocupación por las formas.
Eso, en un país como México, no es poca cosa.
Durante décadas, el viejo PRI perfeccionó una lógica en la que el partido gobernante y el aparato del Estado caminaban prácticamente abrazados. Desde la izquierda se criticó ese modelo con dureza. Se decía que esa mezcla deformaba la democracia, arrasaba con los contrapesos y convertía al ciudadano en rehén electoral del presupuesto público. Hoy, sin embargo, buena parte de esa crítica parece archivada.
Porque cuando una presidenta mueve piezas entre su gabinete y su partido con tanta soltura, lo que transmite no es solamente autoridad. Transmite otra cosa: que las fronteras entre gobernar y operar políticamente ya dejaron de importar.
El caso más delicado no es el de un nombre en particular, sino el patrón. Si Luisa María Alcalde pasa del liderazgo partidista a una posición clave dentro del gobierno, y si al mismo tiempo se perfila Ariadna Montiel, responsable de los programas sociales, para tomar el control de Morena, el mensaje político se vuelve imposible de ignorar. No se trata solo de confianza personal. Se trata de control, disciplina y continuidad.
Te puede interesar: Teotihuacán sitiado, Morena en movimiento y aranceles vivos: el día en que México volvió a tensarse
Y ahí aparece el punto más incómodo de todos: Bienestar.
No estamos hablando de una oficina menor. Estamos hablando del músculo territorial más poderoso del oficialismo. Es la dependencia que tiene contacto directo con millones de personas a través de apoyos, pensiones y transferencias. Por eso, cuando una figura central de esa estructura da el salto al mando partidista, resulta inevitable que crezca la sospecha de que los programas sociales no solo combaten pobreza: también alimentan una red política.
Ese es el problema de fondo. No hace falta que alguien lo confiese. Basta con observar el diseño.
Mientras tanto, el país sigue cargando problemas mucho más urgentes. La crisis en el sistema de salud no desaparece. La violencia sigue marcando regiones enteras. Las desapariciones ya son parte del paisaje más doloroso del país. Y, aun así, buena parte de la energía política del grupo gobernante parece colocada en otra prioridad: asegurar que Morena conserve su fuerza electoral rumbo a 2027.
Eso también lo ve el ciudadano común.
Lo ve cuando escucha el discurso oficial hablar de transformación, pero observa prácticas que se parecen demasiado a las del pasado. Lo ve cuando el poder usa lenguaje nuevo, pero repite viejas costumbres. Lo ve, sobre todo, cuando entiende que las decisiones importantes no necesariamente están orientadas a resolver la inseguridad, la falta de medicinas o el desgaste económico, sino a mantener el control político.
Síguenos en LinkedIn para mantenerte siempre informado
Ahí está la verdadera gravedad de estos movimientos. No en el relevo, sino en lo que revelan.
Porque una cosa es gobernar con mayoría, y otra muy distinta es actuar como si el partido fuera una oficina adicional del Ejecutivo. Cuando eso pasa, la competencia democrática se desequilibra. El gobierno deja de administrar para todos y empieza, también, a operar para los suyos.
Y esa película México ya la vio.
Por eso el debate no debería quedarse en si Sheinbaum tiene o no derecho a mover a su equipo. Claro que lo tiene. El punto es otro: qué tipo de régimen empieza a dibujarse cuando la jefa del Ejecutivo se asume, al mismo tiempo, como la conductora abierta de la vida interna de su partido.
Ahí es donde el parecido con el viejo modelo deja de ser metáfora y empieza a convertirse en advertencia.
Lo más duro para el obradorismo y para el sheinbaumismo es justamente eso: que después de años prometiendo ser distintos, hoy empiecen a parecerse demasiado a aquello que juraron combatir. Y cuando el poder deja de guardar las formas, normalmente no es por descuido. Es porque ya se siente cómodo.
Editorial basada en la columna de opinión de Salvador García Soto en su columna Serpientes y Escaleras publicada en El Universal.

Be the first to comment on "Morena y Sheinbaum: cuando el poder deja de guardar las formas"