El Mundial y la vieja costumbre de mirar hacia otro lado

Mundial y política en México

Justo cuando México atraviesa uno de sus momentos más complejos, el Mundial vuelve a convertirse en refugio emocional, espectáculo masivo y pausa conveniente para el escrutinio

Mundial y política en México

#AsídeClaro | David Martínez Staines

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Política Gurú

Justo cuando México atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente, aparece el viejo y confiable refugio nacional: el fútbol.

El Mundial ha vuelto. Y con él, también ha regresado una de las mayores victorias del poder político: lograr que un país entero hable de cualquier cosa menos de sus problemas. México está de fiesta. Los restaurantes llenos, las pantallas encendidas, las oficinas paralizadas durante noventa minutos y las redes sociales convertidas en un interminable análisis táctico sobre el desempeño de la Selección Nacional.

El Mundial ha llegado y, con él, una de las tradiciones más antiguas de la política: la capacidad de un gran espectáculo para desplazar de la conversación pública los problemas reales.

Los romanos lo entendieron hace más de dos mil años. Cuando el ciudadano deja de hablar de los abusos del poder para hablar de los gladiadores, el emperador puede dormir tranquilo. Cambian las épocas, cambian las tecnologías y cambian los escenarios, pero la lógica sigue siendo exactamente la misma: pan y circo.

Mientras millones de mexicanos discuten si el director técnico acertó en la alineación o si el árbitro perjudicó al equipo nacional, el país acumula problemas que parecen haber desaparecido de las primeras planas. No porque hayan sido resueltos, sino porque el balón ocupa más espacio que la realidad.

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La violencia sigue cobrando vidas. El crimen organizado mantiene territorios completos bajo su influencia. Las desapariciones continúan creciendo. Los hospitales siguen padeciendo carencias. La educación pública enfrenta rezagos históricos. La economía avanza con dificultades para millones de familias. Pero nada de eso genera la misma conversación que un gol en tiempo de compensación.

Para cualquier gobierno, independientemente de su color partidista, un Mundial es una bendición política. No porque exista una conspiración secreta para manipular a la población, sino porque la naturaleza humana funciona así. El entretenimiento masivo produce una suspensión temporal del escrutinio público. La indignación se toma vacaciones. La crítica pierde volumen. La atención ciudadana se dispersa.

Y en México, donde la política se ha convertido en una disputa permanente de narrativas, cada minuto que la opinión pública dedica al fútbol es un minuto que no dedica a cuestionar decisiones gubernamentales.

Resulta imposible no preguntarse cuántas decisiones polémicas, cuántos contratos cuestionables, cuántos errores administrativos y cuántos escándalos políticos atraviesan estas semanas con mucho menos costo mediático gracias al Mundial. La respuesta, probablemente, la conoceremos cuando termine el torneo y la realidad vuelva a reclamar su espacio.

Lo preocupante no es que los ciudadanos disfruten el fútbol. Lo preocupante es la facilidad con la que una nación entera puede pasar del enojo a la distracción, de la exigencia a la celebración, de la crítica al entretenimiento.

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Mientras los mexicanos analizan estadísticas deportivas, la clase política observa con alivio. Oficialistas y opositores saben que el Mundial ofrece algo que ningún estratega de comunicación puede comprar: millones de personas voluntariamente concentradas en algo distinto a los problemas del país.

La pregunta incómoda es si el fútbol funciona como una válvula de escape saludable o como un anestésico colectivo. Porque una cosa es disfrutar el deporte y otra, muy distinta, permitir que el espectáculo sustituya a la ciudadanía.

Los gobiernos pasan. Los mundiales terminan. Los estadios se vacían. Las camisetas vuelven al clóset. Pero la inseguridad permanece, la corrupción encuentra nuevas formas de sobrevivir y los problemas estructurales siguen esperando soluciones que nunca llegan.

Cuando el árbitro marque el final del torneo, México despertará de nuevo frente al mismo espejo. Descubrirá que los homicidios no disminuyeron por un gol, que la pobreza no desapareció por una victoria y que las instituciones no mejoraron por una celebración multitudinaria.

Y quizá entonces recordemos una verdad incómoda: los países no se transforman en las canchas. Se transforman cuando los ciudadanos dejan de conformarse con el espectáculo y vuelven a exigir resultados.

Mientras tanto, que siga rodando el balón. Al fin y al cabo, para muchos en el poder no existe mejor noticia que un país mirando hacia la cancha en lugar de mirar hacia Palacio Nacional.

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David Martínez Staines
Mis hijos, mi mayor acierto. Porque yo lo valgo. Colaborador de @radio_formula y columnista de @politicaguru

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