Política Gurú presenta #AsídeClaro. David Martínez Staines examina la distancia entre el mandato electoral de Claudia Sheinbaum y la autonomía política con la que ejerce la Presidencia.

#AsídeClaro | David Martínez Staines
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Hay una paradoja en el poder mexicano que comienza a resultar inocultable: pocas veces una Presidenta había llegado a Palacio Nacional con una victoria electoral tan amplia y, al mismo tiempo, había ejercido el poder con una fragilidad política tan evidente.
Los números fueron contundentes. La votación fue histórica. La mayoría parecía incuestionable.
Pero los votos y el poder no siempre son la misma cosa.
Una cosa es ganar una elección. Otra, muy distinta, es gobernar.
Y conforme avanzan los meses, comienza a quedar claro que buena parte de la fuerza electoral que llevó a Claudia Sheinbaum a la Presidencia no era exclusivamente suya. Era, sobre todo, la fuerza acumulada de Andrés Manuel López Obrador, de su popularidad, de su maquinaria política, de los programas sociales convertidos durante años en una poderosa estructura de lealtades electorales y de un movimiento que aprendió a confundir al gobierno con el partido y al partido con el Estado.
Sheinbaum heredó los votos.
Pero no necesariamente heredó el poder.
Porque el poder real tiene otra naturaleza. El poder consiste en tomar decisiones propias, imponer prioridades, corregir errores, remover a los incompetentes, investigar a los corruptos y, sobre todo, estar dispuesto a incomodar a quienes ayer ayudaron a llegar.
Ahí es donde comienza la debilidad.
La presidenta parece gobernar permanentemente bajo la sombra de quienes la antecedieron y la impulsaron. Como si su principal obligación no fuera conducir un país de más de 130 millones de mexicanos, sino cuidar el legado, proteger a los personajes y preservar los intereses de un grupo político.
Y ése es, quizá, el problema central.
México no eligió una guardiana de un sexenio anterior.
Eligió a una presidenta.
La diferencia parece semántica, pero es histórica.
Un presidente gobierna hacia adelante. Un custodio gobierna mirando hacia atrás.
Y el gobierno actual, demasiadas veces, parece mirar hacia atrás.
Hacia López Obrador.
Hacia los familiares y colaboradores del expresidente.
Hacia los grupos políticos que construyeron la nueva estructura de poder.
Hacia las lealtades internas de Morena.
Hacia los compromisos adquiridos durante la larga conquista del poder.
Mientras tanto, México sigue esperando.
Esperando una estrategia de seguridad que no sea propaganda.
Esperando un sistema de salud que no se explique con conferencias.
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Esperando medicamentos.
Esperando carreteras seguras.
Esperando instituciones capaces de investigar a los poderosos.
Esperando que la corrupción deje de ser corrupción solamente cuando la comete el adversario.
Esperando, en suma, que alguien en Palacio Nacional recuerde algo elemental: la Presidencia no es propiedad de un movimiento político. Es una responsabilidad frente a una nación.
Porque los 130 millones de mexicanos no son militantes de Morena.
No todos votaron por Claudia Sheinbaum.
No todos votaron por Andrés Manuel López Obrador.
No todos reciben programas sociales.
No todos creen en la llamada Cuarta Transformación.
Pero todos son gobernados por ella.
Ésa debería ser la primera lección de cualquier demócrata que llega al poder: una elección se gana con una mayoría; un país se gobierna para todos.
Sin embargo, el discurso oficial sigue atrapado en una lógica de campaña. Los buenos están dentro del movimiento. Los malos están afuera. La crítica es conservadora. La oposición es corrupta. Los medios son adversarios. Las preguntas incómodas son ataques.
Y así, poco a poco, el gobierno corre el riesgo de convertirse en una secta política convencida de que representar una mayoría electoral equivale a poseer la verdad.
No es así.
Las mayorías también se equivocan.
Los gobiernos populares también fracasan.
Y los líderes que ganan elecciones con amplios márgenes también pueden gobernar mal.
La verdadera fortaleza de un gobernante no consiste en repetir que tiene el respaldo del pueblo. Consiste en usar ese respaldo para hacer lo que es necesario, incluso cuando resulta incómodo para los propios.
Hasta ahora, la Presidenta ha mostrado dificultades para romper con el pasado.
Y acaso tampoco quiere hacerlo.
Su debilidad no está necesariamente en la falta de inteligencia, preparación o experiencia. Sería simplista reducirlo a eso. Su debilidad parece ser política: la dificultad para demostrar que el poder que hoy ejerce le pertenece realmente.
Porque hay decisiones que todavía parecen esperar autorización.
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Hay temas que se evaden.
Hay personajes que parecen intocables.
Hay responsabilidades que nunca llegan hasta arriba.
Hay lealtades que pesan más que las preguntas.
Y hay un expresidente cuya presencia política, aun desde el silencio, continúa siendo demasiado grande.
La pregunta, por tanto, no es si Claudia Sheinbaum ganó la elección. La ganó. La pregunta es si ha terminado de ganar la Presidencia.
Porque llegar a Palacio Nacional con millones de votos no significa necesariamente llegar con independencia. Los votos pueden ser propios en las urnas y prestados en la conciencia política.
Buena parte del triunfo de 2024 fue también la prolongación de un proyecto construido durante seis años desde la Presidencia. Fue el resultado de una maquinaria política formidable, de una narrativa eficaz y de una política social que, además de atender necesidades reales, se convirtió en el principal vínculo electoral entre el gobierno y millones de ciudadanos.
Y también persisten graves cuestionamientos sobre la penetración del crimen organizado en la vida política de diversas regiones del país, un problema que no pertenece a un solo partido ni puede explicarse con consignas. Negarlo sería tan irresponsable como utilizarlo únicamente como arma electoral.
El crimen organizado no necesita ganar elecciones.
Le basta con influir en ellas.
Le basta con capturar gobiernos locales.
Le basta con intimidar candidatos.
Le basta con comprar policías, funcionarios y silencios.
Y mientras el Estado no enfrente ese problema con toda la fuerza de la ley, cualquier victoria electoral estará acompañada por una pregunta incómoda: ¿quién más ganó?
México necesita una presidenta que responda esa pregunta.
No con discursos.
Con acciones.
Una presidenta capaz de investigar incluso a los suyos.
De remover incluso a los cercanos.
De reconocer incluso los fracasos.
De enfrentar incluso las consecuencias del legado que recibió.
Porque proteger un movimiento no es gobernar.
Defender a un expresidente no es gobernar.
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Cuidar a los familiares, colaboradores o aliados políticos no es gobernar.
Gobernar es algo mucho más difícil.
Es decidir entre el interés del grupo y el interés nacional.
Y hasta ahora, esa decisión parece demasiado frecuentemente inclinada hacia el grupo.
Ésa es la tragedia de una Presidencia que llegó con una fuerza electoral extraordinaria y que, sin embargo, transmite una sensación creciente de debilidad.
Debilidad frente al pasado.
Debilidad frente a las lealtades.
Debilidad frente a los grupos internos.
Debilidad frente a los compromisos heredados.
Debilidad, finalmente, frente a la posibilidad de ejercer plenamente el poder que los mexicanos le entregaron.
Claudia Sheinbaum tiene aun 4 años más para demostrar que no es solamente la heredera de un proyecto.
Tiene seis años para demostrar que es la autora de un gobierno.
Porque la historia suele ser implacable con los sucesores.
Al principio los protege la popularidad del antecesor.
Después los abandona.
Y entonces sólo queda una pregunta.
Una pregunta brutal, inevitable:
¿Gobernó para México o simplemente cuidó el poder de quienes la llevaron hasta él?
Los mexicanos no necesitan una administradora del legado.
Necesitan una presidenta.
Y 130 millones de ciudadanos no deberían ser gobernados como si fueran una facción.
Porque México es mucho más grande que Morena.
Mucho más grande que López Obrador.
Y, desde luego, mucho más importante que cualquier grupo político que confunda haber ganado una elección con haber recibido el país como propiedad.
Debilidad política de Claudia Sheinbaum

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