Política Gurú presenta una entrega especial de #AsídeClaro, en la que David Martínez Staines recuerda a Juan Gabriel a diez años de su muerte y explora por qué su música trascendió los escenarios para convertirse en memoria, libertad e identidad nacional.

#AsídeClaro | David Martínez Staines
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Política Gurú
Hoy no pienso hablar de política. Estoy realmente asqueado; hablaré de quien sí merece la pena.
Juan Gabriel: diez años después, México sigue cantando
Hay artistas que mueren.
Hay otros que se convierten en memoria.
Y hay unos cuantos —los verdaderamente excepcionales— que consiguen algo todavía más difícil: convertirse en parte de la identidad de un país.
Juan Gabriel pertenece a esa última categoría.
Este 28 de agosto se cumplen diez años de su muerte. Diez años desde aquella mañana de 2016 en que Alberto Aguilera Valadez dejó de respirar en Santa Mónica, California, y México descubrió, quizá demasiado tarde, que no había perdido solamente a un cantante. Había perdido a uno de los grandes narradores de sus emociones.
Porque Juan Gabriel no solamente cantaba al amor.
Cantaba al abandono, al deseo, a la ausencia, a la madre, al barrio, a la nostalgia, al perdón, al orgullo, a la derrota y a esa peculiar capacidad mexicana para sufrir profundamente y, unas horas después, volver a cantar.
Su obra fue una especie de espejo nacional.
Un espejo en el que cabían todos.
El hombre que había llegado desde la pobreza.
La mujer abandonada.
El padre que extrañaba a un hijo.
La madre que lloraba a un muerto.
El enamorado que no era correspondido.
El que se quedó esperando.
El que tuvo que marcharse.
El que alguna vez dijo “ya no puedo más” y, sin embargo, siguió adelante.
Quizá por eso Juan Gabriel nunca necesitó explicar demasiado quién era México.
Le bastaba con cantar.

Del niño al mito
Nació como Alberto Aguilera Valadez el 7 de enero de 1950 en Parácuaro, Michoacán. Su vida comenzó lejos de los reflectores, en una realidad marcada por carencias y dificultades.
Pero hubo algo que nunca le faltó: una voluntad casi obstinada de convertirse en alguien distinto al destino que parecía haberle sido asignado.
Ciudad Juárez sería decisiva.
Ahí surgiría Juan Gabriel.
No solamente un nombre artístico, sino una reinvención.
Porque uno de los grandes temas de su vida fue precisamente ese: la posibilidad de inventarse a uno mismo.
El niño pobre podía convertirse en compositor.
El joven rechazado podía convertirse en estrella.
El hombre señalado podía convertirse en ídolo.
Y el muchacho que alguna vez tuvo que luchar por ser escuchado terminaría haciendo cantar a un país entero.
Su historia tiene algo profundamente mexicano: la tragedia convertida en melodía.
El “Divo” que nunca dejó de ser del pueblo
Juan Gabriel tuvo una relación peculiar con el poder.
No necesitó ser político para tener más influencia que muchos políticos.
No necesitó ocupar una tribuna para construir una narrativa nacional.
No necesitó un cargo público para representar a millones.
El poder de Juan Gabriel estaba en otra parte: en la intimidad.
En la sala de una casa.
En una cantina.
En una boda.
En un funeral.
En una serenata.
En un automóvil atravesando la carretera.
En una madre que escucha “Amor eterno” y recuerda al hijo que ya no está.
En alguien que, después de una ruptura, pone “Así fue” y descubre que otra persona escribió exactamente aquello que no podía decir.
Eso es poder cultural.
Y es un poder que ningún gobierno puede decretar.
La Secretaría de Cultura señaló, después de su muerte, que Juan Gabriel había compuesto alrededor de 1,800 canciones y que su obra había logrado trascender géneros, generaciones, fronteras e idiosincrasias.
La cifra impresiona.
Pero quizá lo verdaderamente extraordinario no está en contar sus canciones.
Está en contar cuántas vidas acompañaron.

Juan Gabriel y la democracia de las emociones
México es un país profundamente desigual.
En dinero.
En oportunidades.
En educación.
En acceso al poder.
Pero existe una democracia que rara vez aparece en los discursos oficiales: la democracia de las emociones.
Ahí Juan Gabriel fue presidente.
Sus canciones podían ser cantadas por una persona humilde o por una celebridad; por un campesino o por un empresario; por una señora de barrio o por una estrella internacional.
Y todos cantaban lo mismo.
Durante décadas, las élites culturales miraron con cierta condescendencia la música popular.
Juan Gabriel se encargó de demostrarles que estaban equivocadas.
No necesitó la aprobación de los intelectuales.
El pueblo ya lo había convertido en patrimonio.
Y llegó un momento en que hasta las instituciones culturales tuvieron que reconocer lo evidente.
Cuando sus cenizas fueron llevadas al Palacio de Bellas Artes en septiembre de 2016, más de 700 mil personas acudieron durante los dos días del homenaje.
Aquella multitud fue algo más que una despedida.
Fue una elección.
La gente decidió quién merecía ocupar un lugar en el corazón cultural de México.
Y Juan Gabriel había ganado esa elección hacía mucho tiempo.
Bellas Artes: la consagración
Hay una imagen difícil de olvidar.
Las cenizas de Juan Gabriel entrando al Palacio de Bellas Artes.
El recinto que durante décadas había sido símbolo de la llamada alta cultura mexicana recibió a uno de los mayores exponentes de la cultura popular.
Era, en cierto sentido, una reconciliación.
La ópera y el mariachi.
La música académica y la canción popular.
La solemnidad institucional y el grito de la multitud.
Todos alrededor del mismo hombre.
Y quizá ahí estaba una de las mejores lecciones de Juan Gabriel: la cultura de un país no se divide entre lo culto y lo popular; se construye con todo aquello que logra expresar su alma colectiva.
En Bellas Artes sonó “Amor eterno”.
Y la escena tenía algo de paradoja histórica.
El hombre que había cantado para las masas había terminado siendo recibido por una institución que durante mucho tiempo representó un México más selectivo.
Pero México había cambiado.
O quizá Juan Gabriel había ayudado a cambiarlo.

La libertad de ser
Hay otra dimensión de Juan Gabriel que resulta todavía más importante.
Su personalidad.
Su manera de caminar.
Sus trajes.
Sus movimientos.
Su teatralidad.
Su forma de hablar.
Su manera de ocupar el escenario.
Juan Gabriel no pidió permiso.
Y eso, en un país donde durante décadas se castigó la diferencia, tuvo una enorme significación.
No necesitó convertirse en un activista convencional para hacer algo profundamente transformador: vivió públicamente bajo sus propios términos.
Su figura cuestionó, sin discursos doctrinarios, muchas de las convenciones con las que México había intentado encerrar la masculinidad, la sensibilidad y la expresión artística.
El escenario era su territorio.
Ahí nadie podía decirle cómo debía caminar, cómo debía vestir, cómo debía moverse ni cómo debía sentir.
Y quizá millones de mexicanos encontraron en esa libertad una forma indirecta de liberarse ellos mismos.
El artista que entendió el mercado sin dejar de entender al pueblo
Juan Gabriel también fue un extraordinario profesional.
No solamente escribía.
Producía.
Interpretaba.
Grababa.
Diseñaba espectáculos.
Construía una relación permanente con su público.
En mayo de 2015 rompió el récord del concierto más largo en la historia del Auditorio Nacional al cantar durante más de seis horas. Dieciséis meses después moriría.
Resulta difícil imaginar una metáfora mejor de su relación con el público:
Juan Gabriel no quería irse del escenario.
Y su público tampoco quería que se fuera.
Hasta el último momento.
Su última presentación ocurrió en Los Ángeles el 26 de agosto de 2016.
Dos días después murió.
Tenía 66 años.
La muerte llegó cuando todavía estaba trabajando, viajando y cantando.
Como si la vida no hubiera alcanzado a convencerlo de que era momento de detenerse.
Diez años después
Diez años son suficientes para saber si un artista fue una moda.
Juan Gabriel pasó la prueba.
Las modas desaparecen.
Los clásicos permanecen.
Hoy siguen sonando “Querida”, “Hasta que te conocí”, “Amor eterno”, “Se me olvidó otra vez”, “No tengo dinero”, “Abrázame muy fuerte”, “Así fue” y decenas de canciones más.
Las cantan quienes lo conocieron en vida.
Pero también quienes nacieron después de su muerte.
Ahí está la verdadera victoria.
El tiempo no ha logrado jubilarlo.
La industria tampoco.
Las nuevas generaciones lo descubren.
Los viejos lo recuerdan.
Los jóvenes lo reinterpretan.
Y México sigue encontrándose con él en los mismos lugares de siempre: el amor, el desamor, la fiesta y la tristeza.
Correos de México lo conmemora este año con una emisión especial por su décimo aniversario luctuoso. La Lotería Nacional también ha dedicado una emisión conmemorativa a su figura y a una obra que supera las 1,800 composiciones.
Es significativo.
Porque cuando un país comienza a poner a un artista en estampillas, billetes de lotería, museos y homenajes oficiales, ya no estamos hablando únicamente de entretenimiento.
Estamos hablando de patrimonio.
El último misterio
Quizá todavía no comprendemos completamente por qué Juan Gabriel logró lo que logró.
Podemos contar sus discos.
Sus conciertos.
Sus canciones.
Sus premios.
Sus récords.
Sus millones de seguidores.
Pero ninguna estadística explica el fenómeno.
Porque Juan Gabriel entendió algo que muchos artistas olvidan:
La gente no compra canciones; compra emociones.
Y él sabía ponerle música a emociones que casi todos sentimos, pero pocos sabemos expresar.
Por eso su legado no está solamente en las grabaciones.
Está en la memoria.
En la voz de una madre.
En una serenata.
En una despedida.
En una pareja que vuelve a encontrarse.
En otra que decide separarse.
En quien llora.
En quien celebra.
En quien recuerda.
Y en quien, diez años después, todavía escucha la primera nota de una canción y sabe exactamente dónde estaba cuando la escuchó por primera vez.

Juan Gabriel no murió del todo
Hay artistas que pertenecen a su época.
Juan Gabriel pertenece a México.
Y México, para bien y para mal, es un país que tiene una relación extraña con sus muertos.
Los llora.
Los venera.
Los convierte en leyenda.
Pero con Juan Gabriel ocurrió algo distinto.
No lo dejamos descansar.
Lo seguimos escuchando.
Quizá porque nunca terminó de irse.
Cada vez que alguien canta “Amor eterno”, regresa.
Cada vez que alguien grita “Querida”, vuelve.
Cada vez que una persona abandona el orgullo y reconoce que todavía ama, aparece.
Cada vez que alguien convierte una herida en canción, ahí está.
Diez años después de su muerte, Juan Gabriel sigue siendo una presencia.
Y acaso esa sea la definición más exacta de la inmortalidad.
No vivir para siempre.
Conseguir que otros sigan viviendo contigo.
Alberto Aguilera Valadez murió aquel 28 de agosto de 2016.
Pero Juan Gabriel se quedó.
Se quedó en México.
Se quedó en América Latina.
Se quedó en quienes lo admiraron.
Y, sobre todo, se quedó en esa extraña patria sin fronteras donde los mexicanos somos más sinceros:
La música.
Por eso, diez años después, cuando comienza a sonar su voz, ocurre algo que ningún homenaje oficial puede fabricar.
México guarda silencio.
Escucha.
Y vuelve a cantar.
Porque algunos artistas dejan canciones.
Juan Gabriel dejó una parte de nosotros mismos.
Datos curiosos y relevantes de la vida de Juanga
Comida y bebidas favoritas
La morisqueta: un plato típico de Michoacán que lleva arroz blanco, frijoles y caldo de jitomate.
Comida tailandesa: Tenía debilidad por platillos como el pad thai con camarón y el curry verde.
Postres y chocolates: le fascinaban los chocolates, los dulces, el pan con nata y canela y los pasteles.
Nombre real: Nació como Alberto Aguilera Valadez. Su nombre artístico honra a Juan Contreras, su maestro, y a Gabriel Aguilera, su padre.
Lugar de nacimiento: Nació en Parácuaro, Michoacán, aunque creció en Ciudad Juárez.
Primera canción: Escribió su primer tema, “La muerte del Palomo”, a los 13 años.
Paso por la cárcel: Estuvo preso injustamente por robo en Lecumberri durante un año y medio en su juventud.
Bellas Artes: Fue el primer artista de música popular en cantar en el Palacio de Bellas Artes en 1990.
Miedo a volar: Tenía pánico a los aviones y viajaba casi siempre por carretera.
Frase icónica: Respondió a las dudas sobre su vida privada con la famosa frase: “Lo que se ve no se pregunta”.
Apoyo a otros: Ayudó a muchos niños pobres de Ciudad Juárez con escuelas y orfanatos.
Idiomas: Sus temas fueron traducidos al japonés, alemán, francés e italiano.
“Amor eterno”: dedicó este gran éxito a la memoria de su madre, Victoria Valadez.
Whisky: Era una de las bebidas con las que se le vio brindar e incluso compartir con seguidores en algunos de sus conciertos.
Juan Gabriel tuvo oficialmente un hijo biológico, Iván Gabriel, y varios hijos adoptivos o reconocidos legalmente, dando un total de cinco o seis reconocidos, según la fuente.
Los hijos de Juan Gabriel
Iván Gabriel Aguilera: Es el único hijo biológico reconocido que tuvo con Laura Salas, mediante fecundación in vitro, y el heredero universal de su patrimonio.
Alberto Aguilera Jr.: el primer hijo adoptado por el cantante.
Joan Gabriel Aguilera: adoptado por el artista.
Hans Gabriel Aguilera: adoptado y criado por la familia.
Jean Gabriel Aguilera: el menor de los hermanos adoptivos.
Joao Gabriel Aguilera: Posteriormente, reclamó legalmente su paternidad biológica tras pruebas y procesos legales.
El restaurante favorito de Juan Gabriel en sus últimos años era Thai Vegan, un pequeño local de comida tailandesa vegetariana ubicado en Santa Mónica, California, al que solía acudir frecuentemente.
Detalles del lugar y sus gustos
Especialidad: comida tailandesa vegetariana y vegana.
Platillos preferidos: Pedía con frecuencia el green curry —curry verde— y el yellow curry —curry amarillo—, preparados con leche de coco y verduras.
Dato curioso: Acudió a este establecimiento la madrugada anterior a su fallecimiento, aunque ya estaba cerrado y no pudo entrar.

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