El fugaz regreso de Rubén Rocha Moya terminó con una demostración de autoridad presidencial. Claudia Sheinbaum ganó la batalla política; ahora debe convertirla en justicia y seguridad.
Claro y Conciso | Alberto Castelazo Alcalá
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@Castelazoa
Durante años nos dijeron que Claudia Sheinbaum sería una simple administradora del legado de Andrés Manuel López Obrador. El episodio de Rubén Rocha Moya acaba de ofrecer la primera prueba seria de lo contrario. No definitiva, pero sí contundente: cuando la Presidencia puso un límite, el viejo aparato entendió quién manda.
Rocha regresó al gobierno de Sinaloa el viernes 21 de agosto, después de 112 días de licencia y pese a que la Fiscalía General de la República mantiene abiertas investigaciones. Él niega las acusaciones presentadas en Estados Unidos y conserva, por supuesto, la presunción de inocencia. Pero políticamente volvió como si nada hubiera ocurrido.
Ahí estuvo el error. Morena aseguró que no conocía previamente su decisión. Gobernación la calificó como personal. Legisladores oficialistas pidieron reconsiderarla y 23 gobernadores cerraron filas con Sheinbaum. Después llegó el mensaje presidencial: ningún interés personal puede colocarse sobre México y el poder sin principios se convierte en arrogancia.
No mencionó a Rocha. Tampoco hacía falta. Horas después, el sinaloense solicitó otra licencia indefinida; este domingo, la Diputación Permanente del Congreso local la aprobó por unanimidad. Su retorno duró poco más de un día. En política, a veces el cronómetro explica mejor la correlación de fuerzas que cien discursos.
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Ahora bien, varias columnas sostienen que la maniobra nació en Palenque, en la quinta conocida como La Chingada, y que López Obrador quiso obligar a su sucesora a confrontarse con Washington. Es una hipótesis plausible por las lealtades involucradas, pero no existe evidencia pública que demuestre esa orden. Sospechar no equivale a probar.
Dicho eso, la pregunta política permanece: ¿a quién consultó Rocha antes de regresar? Si actuó solo, mostró una irresponsabilidad monumental. Si recibió respaldo del expresidente, entonces presenciamos una intentona para recordar que el poder anterior todavía reclama derecho de veto. En ambos escenarios, Sheinbaum ganó esta ronda sin romper públicamente con su antecesor.
Y ganó de la manera más eficaz: alineó al partido, al gabinete, a los gobernadores y a la bancada alrededor de la institución presidencial. No necesitó una purga ni una cadena nacional. Bastó marcar distancia, dejar que el aislamiento hiciera su trabajo y pronunciar una frase que todos entendieron. Palacio Nacional habló; Palenque guardó silencio.
Además, la presidenta envió una señal útil hacia 2027: la disciplina ya no dependerá de recuerdos, padrinazgos ni nostalgias, sino de decisiones presentes.
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Sin embargo, no confundamos una victoria interna con justicia. Las acusaciones estadounidenses contra Rocha y otros nueve funcionarios son graves, pero siguen siendo acusaciones. México no debe aceptar expedientes extranjeros por consigna, aunque tampoco puede utilizar la soberanía como coartada para la impunidad. La FGR debe investigar con independencia, informar resultados y sostenerlos ante los tribunales.
El beneficio para Sheinbaum es evidente: mostró autonomía, evitó una crisis mayor con Estados Unidos y tomó distancia del costo político de la llamada narcopolítica. El riesgo también existe. Si todo termina en una licencia cómoda, sin esclarecimiento judicial ni recuperación de la seguridad en Sinaloa, el triunfo será apenas escenográfico.
Para la ciudadanía, el asunto no es una pelea de familia en Morena. Sinaloa carga violencia, desaparecidos, negocios golpeados y miedo cotidiano. La gente necesita gobierno, policías confiables, fiscalías capaces y una explicación completa. Cambiar al ocupante del despacho no devuelve por sí solo la tranquilidad a las calles.
Mi lectura es clara: Claudia Sheinbaum obtuvo un triunfo político inapelable, quizá el más importante frente al obradorismo duro. Demostró que puede ejercer la presidencia y no solo heredarla. Ahora viene la parte difícil: convertir autoridad partidista en Estado de derecho. Porque poner un hasta aquí merece reconocimiento; llegar hasta el fondo será la verdadera victoria.

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