Estados Unidos cumple 250 años de independencia con una celebración partida en dos: por un lado, el orgullo de haber fundado la república moderna más influyente del mundo; por el otro, una crisis política que exhibe las grietas de su propia democracia.
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Estados Unidos cumple 250 años de independencia con una celebración partida en dos: por un lado, el orgullo de haber fundado la república moderna más influyente del mundo; por el otro, una crisis política que exhibe las grietas de su propia democracia.
La Declaración de Independencia, adoptada el 4 de julio de 1776, hizo algo más que romper con la corona británica. Puso sobre la mesa una idea explosiva para su tiempo: el poder no baja desde el trono, sube desde los ciudadanos. El Estado no existe para repartir privilegios, sino para proteger derechos.
Ese principio cambió la historia política de Occidente. Inspiró constituciones, alimentó democracias liberales y ayudó a construir un orden internacional basado en leyes, contrapesos y libertades. Pero la promesa nació incompleta. La misma república que hablaba de libertad toleró la esclavitud, excluyó a las mujeres y dejó fuera a millones.
Ahí está una de sus grandes contradicciones. También una de sus mayores fortalezas. Estados Unidos no ha sobrevivido por ser perfecto, sino porque ha desarrollado mecanismos para corregirse, resistir crisis y volver a discutir sus propios fundamentos.
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Por eso, el aniversario no puede reducirse a banderas, fuegos artificiales y discursos patrióticos. America250, la conmemoración oficial del semiquincentenario, ocurre en un país donde el orgullo nacional convive con el desencanto, la polarización y una pelea abierta por el significado mismo de la democracia.
La celebración llega, además, con Donald Trump nuevamente instalado en el centro del poder político. Diversos reportes internacionales han descrito un aniversario atravesado por tensiones partidistas, actos oficiales con carga electoral y una sociedad incapaz de celebrar unida incluso su mito fundacional.
Pero el punto de fondo no es solo Trump. Es lo que Trump revela. Cuando un liderazgo personalista desafía consensos, presiona instituciones y usa símbolos nacionales como herramientas de facción, la democracia deja de parecer una maquinaria automática. Muestra su fragilidad.
Aun así, la otra cara del sistema sigue ahí. Estados Unidos conserva tribunales independientes, federalismo, prensa, sociedad civil y gobiernos estatales con capacidad para resistir, litigar, cuestionar y limitar al poder presidencial. Esos contrapesos no garantizan una democracia invulnerable, pero sí impiden que la voluntad de un solo hombre se convierta en destino nacional.
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Las señales de alarma son reales. Freedom House ha registrado retrocesos en la medición de libertades en Estados Unidos, ligados a la disfunción legislativa, el fortalecimiento del poder ejecutivo y presiones sobre la expresión pública. Pew, por su parte, ha documentado un dato revelador: apenas una minoría de estadounidenses dice confiar de manera constante en el gobierno federal.
Para el ciudadano común, esto no es una discusión académica. Cuando las instituciones se debilitan, no pierde primero la élite. Pierde quien necesita un juez independiente, una prensa libre, una elección confiable, una ley pareja o un gobierno que no use el poder público como castigo.
Para México, la lectura es inevitable. Ningún país está blindado contra la concentración de poder. Ninguna Constitución se defiende sola. Ningún líder, de izquierda o de derecha, debe quedar por encima de los límites que marca la ley.
El aniversario de Estados Unidos no debería mirarse como culto a una potencia, sino como advertencia política. La libertad no se hereda. Se cuida, se pelea y se defiende todos los días. También se pierde poco a poco: con propaganda, indiferencia, aplausos automáticos y ciudadanos que dejan de exigir cuentas.
A 250 años, la grandeza estadounidense no está en presumir perfección. Está en demostrar si todavía puede corregirse. Porque una república no se mide por la fuerza de sus discursos, sino por la capacidad de sus instituciones para decirle al poder: hasta aquí.
Editorial basada en el artículo de opinión, publicada en el Diario ABC.

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