El Senado mexicano por fin se mueve para regular la inteligencia artificial, pero la propuesta no solo combate deepfakes, fraude y vigilancia masiva: también abre dudas serias sobre discrecionalidad, control político y libertad de expresión.

Claro y Conciso | Alberto Castelazo Alcalá
Opinión
Política Gurú
@Castelazoa
México por fin entendió que la IA ya no es un tema futurista. El Senado alista una ley que castiga deepfakes, manipulación política, vigilancia masiva y hasta sistemas autónomos letales. En principio, suena sensato: llegamos tarde, pero al menos llegamos.
Además, el contexto mundial aprieta. El AI Index 2026 de Stanford reporta 362 incidentes documentados de IA en 2025, contra 233 en 2024. Y la adopción generativa alcanzó 53% de la población en apenas tres años. Regular ya no es capricho; es necesidad.
También hay una urgencia humana, no solo técnica. ONU Mujeres advierte que entre 16% y 58% de mujeres reportan violencia o acoso digital, y estima que 90% a 95% de los ultrafalsos en línea muestran mujeres sexualizadas. Ahí sí, el Estado debe entrar.
Por eso, la parte más defendible del proyecto sí merece aplauso. Prohíbe puntuación social, vigilancia masiva sin base legal suficiente, biometría masiva en tiempo real sin orden judicial, reconocimiento emocional en trabajo y escuela, y deepfakes sexuales o de fraude.
Asimismo, la propuesta copia una lógica razonable: el enfoque basado en riesgos. Esa ruta ya la siguió la Unión Europea con su AI Act: prohibir lo inaceptable, endurecer controles sobre lo de alto riesgo y dejar obligaciones más ligeras a usos limitados. Ese mapa sirve.
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El problema empieza cuando la buena intención se mezcla con la mala costumbre del poder mexicano: redactar amplio, interpretar discrecional y corregir tarde. La iniciativa crea una Autoridad Nacional de IA, un fondo, una estrategia y un sistema de certificación. Mucha estructura. Pocos contrapesos visibles.
La palabra rimbombante no es lo más grave. Que existan infracciones “gravísimas” no escandaliza; lo delicado es quién decide qué cabe ahí. Cuando la ley castiga la “manipulación cognitiva, política, electoral o social”, pero deja bordes abiertos, el margen para abusar se ensancha.
Y en México, seamos honestos, el beneficio de la duda ya está agotado. Venimos de años donde el oficialismo confunde regulación con control, crítica con ataque y disidencia con amenaza. Entonces una redacción ambigua no es detalle técnico; es una invitación al uso faccioso.
De hecho, ya hay alertas públicas. Reportes recientes señalan que el proyecto clasifica como de alto riesgo sistemas usados para influir en la opinión pública fuera de actividades legítimas, y especialistas advierten que eso podría abrir restricciones indirectas sobre contenido político, narrativa y conversación pública.
Además, hay otro foco rojo: la propia propuesta permite que la autoridad determine, por lineamientos generales, qué otros sistemas representan “riesgos inaceptables”. Traducido al español de a pie: hoy prohíben lo evidente; mañana podrían prohibir lo incómodo.
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La 4T venderá esto como defensa ciudadana. Y, ojo, una parte sí lo es. Pero una democracia seria no se protege dándole a la burocracia una caja negra más grande. Se protege con definiciones cerradas, control judicial, auditorías públicas y derecho real de impugnación.
Si el Senado quiere una buena ley, todavía está a tiempo. Debe blindar excepciones para periodismo, sátira, investigación y debate público; exigir supervisión judicial en vigilancia; limitar la discrecionalidad regulatoria; y obligar a transparencia técnica independiente, no solo administrativa.
Porque el punto no es escoger entre innovación o derechos. Esa es una falsa disyuntiva. El punto es evitar que, con la excusa de domesticar a la IA, el gobierno termine domesticando a los ciudadanos. Y ese riesgo, hoy, no es ciencia ficción.
Regular la IA, sí. Castigar deepfakes sexuales, fraude algorítmico y vigilancia ilegal, también. Pero entregar un garrote ambiguo al poder en nombre de la modernidad sería, otra vez, el clásico truco mexicano: prometer protección y terminar administrando miedo.

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