Morena se prepara para mover sus piezas. La posible salida de Luisa María Alcalde no solo apunta a un relevo, sino a una operación de control político rumbo a 2027.
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En política, los relevos nunca son inocentes. Menos todavía cuando ocurren dentro de un partido que gobierna el país, controla buena parte del territorio y ya tiene la mirada puesta en 2027.
La posible salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia nacional de Morena no debe verse como un simple ajuste interno. Detrás hay desgaste, reclamos de aliados, tensiones personales y una lectura dura desde Palacio Nacional: el partido necesita orden antes de entrar a la siguiente gran batalla electoral.
Alcalde llegó a Morena con credenciales fuertes. Fue secretaria de Estado, legisladora y una de las figuras jóvenes más visibles del obradorismo. Sin embargo, dirigir el partido en el poder exige algo más que trayectoria. Requiere operación diaria, control territorial, negociación con aliados y capacidad para administrar egos.
Ahí comenzaron los problemas.
Su relación con Arturo Ávila, vocero morenista, habría encendido varias alertas. No solo por el vínculo personal, sino por el papel que él empezó a jugar en la vida interna del partido. Según versiones periodísticas, en Palacio Nacional incomodaron sus acercamientos con gobernadores, aspirantes y cuadros locales. En pocas palabras: se le veía como alguien moviéndose más de la cuenta.
Además, Ávila arrastraba otra lectura política. Su cercanía previa con Adán Augusto López Hernández no pasó inadvertida. En Morena, las lealtades no se olvidan tan rápido. Aunque después buscara alinearse con la nueva administración, la desconfianza ya estaba instalada.
Pero el desgaste de Alcalde no se explica solo por ese frente. También hubo ruido por la operación de Andrés Manuel López Beltrán, conocido como Andy. Desde la dirigencia, Alcalde habría enfrentado un problema práctico: no tenía margen real para hacerlo trabajar bajo su mando.
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Esa situación revela una debilidad mayor. Morena sigue siendo un partido donde el poder formal no siempre coincide con el poder real. Hay cargos, sí. Pero también hay apellidos, grupos, fundadores, gobernadores, operadores y liderazgos que no necesariamente obedecen a la estructura partidista.
El choque con los aliados terminó por complicar más el escenario. PVEM y PT han sido piezas clave para sostener mayorías legislativas y construir triunfos locales. Son aliados pragmáticos, con olfato territorial y poca paciencia para los malos tratos.
Por eso, cuando ambos partidos dejaron ver que podían seguir en coalición, pero no bajo la conducción de Alcalde, el mensaje fue directo. No se trataba de una queja menor. Era una advertencia rumbo a 2027.
Para la ciudadanía, esta pelea interna puede parecer lejana. Sin embargo, no lo es. Cuando el partido gobernante entra en crisis, sus disputas terminan reflejándose en candidaturas, leyes, presupuestos, programas sociales y acuerdos locales. La operación política también afecta la vida diaria.
En ese contexto aparece Ariadna Montiel como una carta de control. Su paso por la Secretaría del Bienestar le dio presencia territorial, trato con gobernadores y una red de operación ligada directamente a los programas sociales. Su perfil no es estridente, pero sí funcional.
También entra Citlalli Hernández, una figura con experiencia partidista y capacidad para hablar con grupos internos. Su tarea sería menos vistosa, pero indispensable: recomponer puentes, bajar tensiones y evitar que las alianzas se rompan antes de tiempo.
La jugada tiene una lógica evidente. Claudia Sheinbaum necesita un Morena alineado con su proyecto, no un partido convertido en campo de batalla permanente. Gobernar con una maquinaria dividida puede ser tan costoso como enfrentar a la oposición.
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El problema es que Morena creció muy rápido. Ganó poder, territorios, cargos y presupuesto. Sin embargo, también acumuló ambiciones. Y cuando un partido se vuelve dominante, las disputas internas suelen sustituir a la competencia externa.
La salida de Alcalde, si se concreta, será más que una corrección de ruta. Será una señal de disciplina. En la nueva etapa de la 4T, ya no basta con tener historia dentro del movimiento. Ahora también cuenta la capacidad de operar sin romper la mesa.
Morena intenta llegar a 2027 con orden. La duda es si todavía está a tiempo de evitar que sus propias fracturas le cobren la factura.
Esta editorial está basada en la columna de opinión de Claudio Ochoa Huerta en su columna Miocardio, publicada en El Universal.

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